El trágico hundimiento del Titánic
Hace unos días, durante un visionado parcial y repetido de la película “Titanic” del director James Cameron, me sorprendió advertir cómo de la brevísima historia del famoso barco pueden extraerse multiples paralelismos con el “hundimiento” del sistema económico (¿y político y social?) actual; realmente fascinante.

El Titanic fué concebido para satisfacer a los viajeros mas exigentes -en cuestión de lujo al menos-. Fué diseñado como el barco más seguro posible en su época, tanto que se permitieron dejar la cubierta más despejada en beneficio de la estética, pues creían que los botes salvavidas eran un elemento de seguridad relativamente superfluo en un barco así y afeaban demasiado la cubierta, por lo que no se instalaron todos los necesarios.
Su gran tamaño y su aspecto de hotel de lujo hacia creer a sus pasajeros – y lo que es peor, quizá a la tripulación- que su universo era el barco, y se olvidaban “casi” de que navegaban por un inmenso océano que podía albergar numerosos peligros. Un mar en calma facilitó avanzar a toda máquina, aunque precisamente la falta de olas dificultaría el avistamiento del fatídico iceberg, ya que éstas no rebotarian en ellos creando nuevas olas desde su base.
Pusieron al frente a un experimentadísimo capitán, de historial impecable, y contrataron oficiales de lo más competente que pudieron, reforzándo la sensación de que estaba todo perfectamente controlado; una vez más, se ignora la existencia de cisnes negros.
La gran potencia de los enormes motores de vapor impulsaban a enorme masa del barco a gran velocidad, y no dudaron en exprimir su potencial en busca de pulverizar los “records” de otros transatlánticos, buscando la notoriedad de la compañía naviera. Parece ser que prácticamente se ignoraron los repetidos avisos de avistamientos de icebergs y la misma señal del enfriamiento súbito que ya indicaba la cercanía de un banco de hielo.
Pero todo ello se volvió en su contra. No tuvieron la suerte de encontrar el camino completamente despejado; un iceberg se interpuso en su rumbo y los vigias -desprovistos de prismáticos por un descuido- no lo avistaron a tiempo. La gran velocidad y masa del Titanic impidieron el viraje para esquivar completamente el enorme obstáculo. Para mayor fatalidad, el impacto lateral fué más dañino aún y terminó afectando una parte importante del casco, lo que produjo la entrada de agua en varios de los comartimentos estancos, los suficientes para que la proa se inclinara tanto como para permitir que continuara entrando agua al resto de compartimentos estancos. El barco estaba ya sentenciado, pero curiosamente, a bordo los pasajeros de primera clase, más alejados de la realidad física del choque, pues su cubierta estaba mucho más alejada, apenas percibieron el brutal impacto como una leve vibración que interrumpió la calma de la fría noche. Aún así, el orgullo se trasnformó en poco tiempo en desesperación.

Ahora llegaría lo peor. El barco ya estaba perdido, pero al menos las vidas de los pasajeros no hubieran corrido peligro gracias al mar en calma y a que dispusieron de tiempo suficiente para arriar los botes…de haber habido botes salvavidas para todos.
Pero como las desgracias parecen no venir solas, tampoco ningún barco pareció recibir a tiempo los mensajes de auxilio.
Además, se infrautilizó notoriamente la capacidad de los botes salvavidas, y lo que resulta mas terrible: parece ser que la mayoría de los botes semivacíos no regresaron al lugar del barco hundido a recoger a los supervivientes, que poco después morirían de frío en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Otro hecho destacable: a todos los niños de primera clase se les buscó sitio inmediatamente en los botes de salvamento; con los demás niños no tuvieron tanta consideración y fueron bastantes los que morirían ahogados.
Parece que el mundo rico sigue sin prestar la debida atención ni a los icebergs ni a disponer de suficientes botes salvavidas; y que cuando surgen casos de emergéncia ( hambrunas, sequías, guerras ) tampoco emplea los pocos salvavidas que tiene con todo su potencial. Y menos aún para salvar a los de tercera clase.
Creo también que no se ha prestado atención a los sutiles pero repetidos avisos de la catástrofe que se avecina, (quizá porque seguimos sin creer en los cisnes negros) y probablemente sólo lo veamos claro cuando ya sea demasiado tarde, en parte por el efecto de la inercia de los sistemas pero también por la realimentación positiva que todo lo acelera cuando menos te lo esperas. (tampoco nos tomamos en serio el poder del crecimiento exponencial, pero eso es otra historia no reflejada en la metáfora del Titánic)
Y también parece que se continúa demostrando que la vida de los que pagan el billete de primera parece ser más valiosa que la de los que poco o nada tienen. Las diferencias sociales siguen vigentes, aunque más enmascaradas, y el orgullo sigue siendo nuestro mayor defecto.
Una metáfora impresionante. ¿Preparados para un poco más?
Los icebergs están formados por agua (helada, claro), el mismo elemento que mantiene a flote los transatlánticos. Del mismo modo que el dinero mantine a flote la economía y también puede destruirla si no se actúa con sensibilidad suficiente para detectar concentraciones de dinero “peligrosas”, dinero “congelado” en manos de los ricos.
Los icebergs son en realidad mucho más grandes de lo que aparentan, pues debajo de la superficie del mar se encuentra una proporción mucho mayor de su masa (pues el hielo es menos denso que el agua líquida). Igualmente los peligros que representan los agujeros de deuda de la economía global son muchísimo más grandes de lo que se ha puesto en conocimiento público, pues la deuda es de dimensiones colosales.
Cuando el daño en el casco es tan importante las bombas de achique apenas sirven para retrasar el hundimiento unos minutos. Volviendo a comparar este desastre con el del sistema financiero: puede que las masivas inyecciones de capital que han realizado los principales bancos centrales del mundo sólo sirvan igualemente para ganar algo de tiempo antes del colapso definitivo. Igualmente los políticos suelen tomar medias poco eficaces si se considera su impacto sobre las problemáticas de fondo, pero muy eficases si se considera su finalidad de permitir agotar mandatos y legislaturas.
El agua fría, casi helada supone una muerte certera en muy poco tiempo, pero aparentemente menos dramática, pues las víctimas de hipotermia mueren perdiendo fuerzas y abandonando las llamadas de auxilio en pocos minutos. Lo más trágico es que un mar en calma hubiera permitido un rescate fácil. Quizá la oscuridad de la noche facilitó la indiferencia de los que evitaron exponerse al peligro rescatando a las vísctimas. La indiferencia es la peor tragedia, que agrava e incluso causa, todas las desgracias que padecemos los seres humanos.
Los mismos peligros que pueden acabar con civilizaciones enteras, o incluso con gran parte de la humanidad, son en sí mismos poco llamativos para el común de los “especialistas”. No se producen violentos “estallidos,” sino que se trata de procesos muy paulatinos y silenciosos, que sólo se manifiestan en toda su potencia en su etapa final. Son procesos “fríos”, como un “gemido” de queja apenas perceptible en la lejanía.
Quizá ya se produjo el choque pero aún no hemos analizado los daños y por tanto no conocemos nuestra suerte; o quizá sólo hemos recibido un pequeño aviso y aún estemos a tiempo de reducir la velocidad, o de parar incluso.
Desde luego, hoy sabemos que los pasajeros hicieron mal en confiar en la compañía naviera, en la seguridad del barco, en su experimentadísimo capitán y su muy profesional tripulación.
En cualquier caso, no podemos confiar ciegamente en las autoridades, ni en los expertos a sueldo, ni ningún tipo de institución gubernamental. También se han de buscar soluciones a título particular, no queda otra. Quizá es demasiado esperar de la gente que antes de embarcar se informe sobre si hay o no botes suficientes para todos, aunque entonces hubieran podido decidir con fundamento si cogían o no el billete y a qué se exponían si finalmente lo hacían.
Quizá los pasajeros de comportamiento menos “educado”, cuando los oficiales y tripulación distribuían a los pasajeros en los botes salvavidas, tuvieron más oportunidades de ocupar uno de estos botes, aunque fuera por las malas y a riesgo de ser tachados de cobardes (un mal menor, dadas las circunstancias).
Quizá hoy, los que no confian en el sistema y deciden vivir “a su aire”, sean los que tengan más posibilidades de seguir de una pieza cuando esto acabe por hundirse y no queden botes para los de tercera clase.
Muy recomendable enlace a una certera narración de la breve historia del Titánic:




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