Pobredumbre, putrefacción y hediondez.

Siempre me ha gustado lo de buscar sinónimos a las palabras; a veces eso es útil para redescubrir los significados adormecidos, pues los significados de las palabras, a base de repetirlas mucho, pierden su fuerza, pudiendo llegar a no significar casi nada. Por eso al oir tanto la palabra de moda de estos días, en los que vamos de “sorpresa” en sorpresa en el ámbito de la política y los “negocios”, me ha venido a la cabeza la relación de la palabra en cuestión con sus sinónimos y derivadas. Y es que no podemos ignorar que la pobredumbre produce putrefacción (sinónimo de corrupción) y ésta a su vez produce hediondez. Claro, que como ya he recordado en algún post anterior, los políticos dominan a la perfección lo de mirar a otro lado, como lo de taparse la nariz cuando huele muy mal. Y como parece haber focos de materia nauseabunda en las diversas facciones del poder político, nadie se atreve a tirar de la manta del todo para destapar la maloliente basura que ésta oculta, por el temor de que la mierda acabe salpicando también al destapador, más que por consideración.
Pero yo no me sorprendo en absoluto por los descubrimientos, y no porque tuviera información privilegiada, qué va. Yo no me sorprendo porque ya vengo notando el tufo a podrido desde hace mucho tiempo. Porque hace mucho que descubrímos que los políticos hacen buenas migas con los empresarios -y viceversa – y si bien eso no tendría que ser necesariamente malo, aceptemos que es una relación muy, muy peligrosa: hay más tentación en ella de la que podamos imaginar a primera vista. ¡Ay!, la carne es débil.
Pero no sólo es eso. También es fácil deducir las innobles motivaciones de nuestros políticos a partir de su comprotamiento en el parlamento (y no me refiero a sus voces destempladas y otros signos de poca contención de las formas). Me refiero a lo que votan y dejan de votar en sus sesiones parlamentarias. Y me refiero a sus silencios y su comportamiento de borrego de partido que tanto asco me producen. Comportamiento que explica, por ejemplo, que en el Parlament de Catalunya se pasen por el forro las firmas de mas de cien mil personas que pedían en iniciativa legislativa popular un debate parlamentario sobre la limitación a los transgénicos. Rechazado sin explicaciones, porque no podrían haberlas proporcionado. Hasta los verdes traicionaron la causa; y no digamos los socialistas. Y es que donde hay Patrón (multinacionales) no manda Marinero (diputados, parlamentarios). O la avaricia desmedida que supone el asunto del famoso impost de succesions de la Generalitar de Catalunya al que ya me referí en el post anterior. Son casos que no se asocian, a primera vista, a corrupción, pero que denotan una ausencia total de honestidad. De ahí a la corrupción sólo hay un paso: la oportunidad.
Menciono casos catalenes porque vivo en Catalunya, pero me consta que en todas partes se cuecen habas, y con un estilo ibérico inconfundible. Nuestros casos de corrupción nacionales (hispánicos) tienen un aroma característico; chapuceril y descarado, propio de un lugar a medio camino entre una república bananera y un país recién salido de la pobreza, donde los políticos se venden por regalos caros, y no sólo por maletines repletos de euros. Un lugar donde los empresarios pueden comprar sin temor a políticos sedientos de riqueza; un lugar donde en caso de ser pillados, buena parte de sus ciudadanos mostrarán una indulgencia propia de santos, una comprención y una fe a prueba de bombas, especialmente cuando se les ha votado a ellos.
Ya no son suficientes ni las pruebas documentales mas contundentes para convencer al pueblo llano de que son culpables de delitos graves como cohecho, tráfico de influencias, delito fiscal, etc.

Si nos caen simpáticos todo se lo perdonamos, siempre que no dejen de sonreirnos en su apariciones públicas, aunque sea esposados. Si se acaba demostrando por un tribunal y un sumario de 4000 páginas que hay un delito comprobado que afecta fundamentalmente a un determinado partido político, a muchos les parecerá que se debe únicamente a que existe un interés de la oposición en derribar a su oponente, todo lo demás es puro humo, según ellos; nada sólido. “Es que nos tienen manía” faltaría que dijeran. ¿O lo dicen?
Igualito que los otros cuando son ellos los corruptos. Porque los otros no se quedan muy a la zaga, en absoluto.
Y es que en el fondo el color (azul o rojo) no importa. Cualquier político es corruptible, y más cuando la própia carrera política ya incorpora el estímulo del ego, la ambición y el poder, y cuando el poder atrae a quienes necesitan usarlo a su conveniencia. Y todo ello es tan peligroso para la integridad moral… que nos acabamos acostumbrando al mal olor, por narices.




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