La solución al desempleo

La solución al desempleo está ahí fuera. Crear empleo no es tan difícil como se empeñan en hacernos creer nuestros gobernantes y representantes sindicales. Entablar una guerra entre empresarios y trabajadores no es la solución. Tampoco elevar más la carga impositiva a la clase trabajadora superviviente, con el fin de que sea posible hacer frente al pago de los numerosos subsidios por desempleo. Sería cuestión, en todo caso, de forzar al gobierno a tomar medidas serias, mostrándole el camino que debe tomar. Pero, ¿Cuáles son?
La solución fácilmente deducible pero difícilmente aceptable (por los políticos y la gran empresa) es una solución fácil de explicar, realmente mucho más fácil de explicar – y de comprender - que la necesidad de subir impuestos o de mantener el elevado gasto del dinero público.
Podemos quizá considerar a nivel macroeconómico el trabajo, la producción y la demanda, y si lo hacemos con la necesaria precisión ya habremos encontrado la respuesta evidente y por ende la solución ( me fascina cómo la mayoría de los genios de la economía simulen tan bien no darse cuenta).
O podemos dejarnos de jerga economicista, pues a fin de cuentas estamos hartos de que esta sólo sirva para justificar los mayores desmanes, y emplear el lenguaje llano de la calle (no barriobajero).
Optaré por una explicación de ciencia económica eminentemente práctica.
Definamos el desempleo como la situación en que, en una sociedad determinada, en mayor o menor medida se da un exceso de tiempo de trabajo (y/o productividad) para producir los bienes y servicios consumidos. (a corto plazo se producirá una acumulación de Stok). Es decir, habrá paro cuando no se equilibran el tiempo de trabajo global, ni quizá la productividad, con las necesidades de tiempo-trabajo para que una población global obtenga los bienes y servicios necesarios para alcanzar un nivel optimo de calidad de vida. Luego no es aceptable el argumento de que el desempleo sea debido a una falta de preparación profesional, aunque algunos empleadores tienen muchas fantasías respecto a la capacidad de sus empleados. Sencillamente no hace falta producir más, por mucho que los expertos en marketing se empeñen en que sus clientes vendan.

Llegados a este punto ya tendremos que hacer una importante consideración, la cual ya nos aporta una de las soluciones. El tiempo de trabajo global es el producto del número de trabajadores por las horas trabajadas por cada uno de ellos. Si se precisa menos número de horas de trabajo global (por la caída de demanda, pero también por incremento de la productividad) y a la vez las horas por trabajador se mantienen inflexibles, la otra variable – esta sí flexible – será el número de trabajadores empleados. (ciertamente, los trabajadores somos mucho mas flexibles que el Estado, e incluso que el aguante de los empresarios ante un decreciente beneficio). Es evidente que la flexibilidad del número de horas/trabajador es relativa, pero hoy por hoy nos movemos en la rigidez total.
Otra consideración objetada por muchos es que dados los salarios mileruristas de la mayoría, no parece que quede mucho margen de maniobra para reducir jornadas y sueldos. Aparentemente, porque en realidad mil euros equivalían a nada menos que 166.386 pesetas, y hace no tantos años una familia podía vivir con ello sin demasiados problemas. ¿Qué ocurrió, pues? Pues que el Estado nos empobreció año a año con la inflación con la que financia el gasto público; que hizo la vista gorda con la burbuja inmobiliaria (pues le convino, por los ingentes ingresos fiscales); que se han creado muchos gastos nuevos (e incrementado los impuestos), que los profesionales del marketing hacen muy bien su trabajo (creando necesidades estrafalarias), etc.
Un Estado tan rígido que prefiere no bajarse del burro a la hora de cobrar impuestos de país de primera (pero con servicios de segunda), ni si se trata de reducir el gasto público de la Administración ( o administraciones), de las grandes obras públicas y los gastos en seguridad y defensa desproporcionados, entre otros muchos.
También existen rigideces en cuanto a la creación de nuevas empresas, contratación, etc, (puede que también de despido, en algunos casos) que dificultan una dinámica ágil del mercado de trabajo. Quizá también cabría considerar el dispendio de mantener unos sindicatos que no cumplen ya ninguna función útil en cuanto a la protección del trabajador, sino mas bien todo lo contrario.

Comparando el nivel de vida de la década de los 80 con el que tenemos 20 años después, veremos que la nueva generación de jóvenes familias necesita dos sueldos de empleo a jornada completa para pagar la hipoteca y poder “vivir” un poco. (eso se lo debemos también a la “ceguera” de los sucesivos gobiernos, que no supieron o quisieron ver la burbuja inmobiliaria a tiempo).
Posteriormente se ha incrementado la población activa y se ha multiplicado la productividad. Pero a la vez (o en parte como consecuencia) hemos vuelto a niveles anteriores de desempleo, inseguridad y precariedad laboral.
Y además estamos mucho más endeudados, el medio ambiente se halla más deteriorado, y han proliferado enfermedades tan graves y/o masivas como el Alzeimer, la Diabetes o el Cáncer, mucho más frecuentes que antes (y no es cuestión de explicarlo -hipócrita o ingenuamente- por la mejora en el diagnóstico o el incremento de la esperanza de vida). Consecuencia: se ha disparado el gasto sanitario a niveles pronto inasumibles. No me cabe ninguna duda de que esta clase de enfermedades son el precio a pagar por el desarrollo, igual que lo es el propio desempleo, la destrucción de la diversidad biológica…, quizá incluso el cambio climático sea antropogénico, quien sabe. De ésto no estoy tan seguro, pero parece que los medios lo tienen más fácil para demonizar un efecto cuyas causas son responsabilidad de todos nosotros, y no de unas pocas megacorporaciones sin escrúpulos.
Pero vayamos por partes y al grano. Hemos de ser capaces de entender que es una soberana estupidez pretender que el pleno empleo es algo alcanzable con jornadas a tiempo completo y con la elevada productividad actual, a menos que una nueva forma de medir el desempleo pueda maquillar convenientemente las cifras reales, o que la precarización infinita sea considerada como más deseable (para el Estado y en concreto para el fisco) al desempleo con protección.
También sería bueno que se ordenaran las ideas, las premisas y los razonamientos que derivan de éstas.
Por ejemplo: No es necesario para nadie trabajar 40 horas a la semana. No se va a resentir la salud de los trabajadores por reducir sus jornadas a 5 horas diarias si tuvieran acceso a los bienes y servicios necesarios para llevar un nivel de vida satisfactorio. El trabajo no es tan saludable como cuentan algunos malintencionados (al menos tal como hoy se plantea), y de ser cierto los ricos lo acapararían todo, como hacen con todas las cosas buenas que se pueden comprar.
Si no es tan saludable trabajar tanto, y además resulta que nuestra productividad elevada acaba haciendo innecesarios algunos puestos de trabajo adicionales, ¿Por qué no reducir las jornadas y repartir el escaso empleo? Hay infinitas fórmulas: Reducción de la jornada diaria, semanas más cortas, años sabáticos, puestos compartidos, jubilaciones anticipadas. ¿Qué cómo se compensa? Por ejemplo reduciendo los impuestos de las empresas derivados de la contratación (SS, IRPF) Ingresos que el Estado ya no precisaría porque se eliminaría el derroche de éste; aligerando la administración, reduciendo el número de funcionarios, aplicando sentido común en al gasto público, idem en salud ( especialmente en medicamentos), lo mismo que en defensa y seguridad, etc, etc. La productividad hora se mejoraría sustancialmente. Y por supuesto, los perceptores de subsidios por desempleo serían mucho menos numerosos. Imaginación.

Hablando de imaginación: pensemos en lo que podría acarrearnos la loca idea de trabajar menos y reducir el gasto del Estado. Pero para ello antes deberíamos aceptar que el crecimiento económico no sólo no es deseable sino que es algo que debe evitarse, y que el desarrollo sostenible no existe y no puede existir porque va contra toda lógica, igual que las máquinas de movimiento perpetuo, fantasía de inventores de mentes febriles que presuponían que era posible saltarse los principios universales de la termodinámica.
Igualmente, el crecimiento sostenido dentro de un sistema cerrado como es el ecosistema de la Tierra, e impulsado por una energía crecientemente escasa (al menos marginalmente), unas materias primas de creciente carestía por su escasez, y un sistema monetario basado en el crédito y por consiguiente en la creación de deuda, es algo inconcebible si se dispone de un mínimo de sentido común, del que parecen carecer sin embargo los economistas acríticos de la corriente de “pensamiento “ dominante y los políticos profesionales de todo el mundo.
Si trabajaramos menos estaríamos más descansados, menos tensos, seríamos más creativos, sociables, saludables… y más productivos… también en el trabajo, por supuesto. Podríamos ir arrinconando la comida precocinada, hacer más ejercicio, tener más contacto con familia y amigos, cultivar aficiones artístico-creativas, etc. El Estado gastaría menos en seguridad social (pues hoy la prevención en salud brilla por su ausencia), habría menos bajas laborales por enfermedad y absentismo injustificado, depresiones, problemas de espalda y otros de carácter psicosomático.
Para que ello fuera posible el Estado debería cambiar ciertas cosas. Debería permitir a la ciudadanía que pudiera vivir bien con “menos ingresos”, pero a costa de que el dinero recuperara su antiguo valor, es decir, que ciertas cosas como el derecho a una vivienda digna volvieran a ser una realidad y no palabras huecas. Si se revienta la burbuja inmobiliaria y la vivienda recuperara su valor de utilidad que le corresponde, un trabajador medio no necesitaría pasarse la vida entera pagando un sencillo piso de ciudad. El Estado también debería gestionar adecuadamente el urbanismo, reduciendo las necesidades de desplazamiento, especialmente con vehículo privado. Los impuestos deberían ser preponderantemente indirectos (salvo quizá para los más ricos), pero repercutiéndose según los bienes o servicios sean más o menos necesarios. El coste salarial de los trabajadores debería facilitar la contratación, por lo que debería reducirse al mínimo la carga que impone el Estado.
Sólo influyendo sobre vivienda, transporte y seguridad social, la reducción de gastos que ello supondría permitiría que con un tercio menos de los ingresos actuales la mayor parte de los trabajadores ya podrían vivir con más calidad de vida que hoy. Sobre todo porque dispondrían de más tiempo libre y por tanto podrían disfrutar de todas las ventajas enumeradas anteriormente.
Olvidaba mencionar que no sería necesario dedicar tanto dinero a una formación superior que hoy por hoy crea mayoritariamente titulados superiores frustrados y mal pagados. Y es que quizá la universidad tiene como función oculta (secundaria) reducir las cifras de parados, manteniendo ocupados a cientos de miles de jóvenes que quizá preferirían estar trabajando y ganando un sueldo si tuvieran realmente esa posibilidad.
Todo esto supone el “adelgazamiento” del Estado, por si no lo han advertido.
Una solución genial, ¿no?: barata, sin sacrificios para los trabajadores, fácil de llevar a cabo, y con múltiples variantes. Lástima que presupone la casi desaparición del Estado como nido-incubadora de burócratas (altos funcionarios) caros, innecesarios e incompetentes, lo cual lo hace ganarse muchos enemigos a la idea y a sus defensores.
La magia de pensar a lo grande.

Texto extraido del libro de mismo título de DAVID J. SCHWARTZ.
Cree en ti mismo y las cosas buenas empezarán a pasar.
Tu mente es una “fábrica de pensamientos”. Es
una fábrica muy ocupada que produce innumerables
pensamientos cada día.
La producción en tu fábrica de pensamientos está
a cargo de dos capataces. Uno se llama Señor Triunfo y
el otro Señor Derrota. El primero está a cargo de la
fabricación de pensamientos positivos. Se especializa en
producir razones que te digan: tú puedes, tú estás cualificado,
tú podrás.
El otro capataz, el Señor Derrota, produce pensamientos
negativos y depresivos. Es un experto en desarrollar
razones que te digan: tú no puedes, tú eres
débil, tú eres inadecuado. Su especialidad es la cadena
de pensamientos del “no lo lograrás”.
Ambos son obedientes. Prestan atención inmediatamente.
Lo único que tienes que hacer para captar
su atención es estar a su disposición y enviarles señales.
Si las señales son positivas, el Señor Triunfo empezará
a trabajar. Si por el contrario son negativas, el que se
pondrá manos a la obra será el Señor Derrota.
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La superación inevitable

Estamos entrando en una nueva época, mal que les pese a algunos. Nueva, a pesar de que se venían adelantando acontecimientos desde hacía algunos años. Pero hasta la fecha sólo parecían pequeños elementos aislados; en cambio ahora es algo mucho más importante y amplio, probablemente sea inevitable un auténtico Cambio con todas las de la ley.
De momento lo llamamos “crisis” pero terminará siendo mucho más que eso. Será una época de ajuste severo de la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno, así como de las relaciones sociales y económicas, de eso no me cabe duda,…si bien también puedo equivocarme.
Llegar a “solucionarlo” requerirá entenderlo mejor, mucho mejor que ahora. Y no será fácil, pues los medios de comunicación de masas difundirán información con poco o ningún valor, quizá con el efecto de crear una confusión aún mayor, lo cual, desde luego, es lo que han venido haciendo siempre. Entender supondrá un importante esfuerzo y apertura mental.
En el aspecto económico se pretenderá salir del atolladero iniciado por la sinrazón de las finanzas globales con dosis mayores de la misma medicina macroeconómica y monetarista de siempre. Igual de absurdo es que se trate de combatir el paro con mayor productividad (que es en esencia lo que destruye el empleo), compitiendo en el mercado global con los países cuyos ciudadanos son poco más que esclavos. O que se pretenda incrementar el consumo fomentando un endeudamiento creciente, reduciendo a la vez la carga salarial de las empresas y con el fin de mejorar los beneficios de éstas. Más difícil todavía: todo ello ha de llevarse a cabo mientras la burocracia de los estados se multiplica, el gasto público se dispara y la población aumenta sin cesar impulsada por la inmigración de ciudadanos necesitados de la ayuda de un estado protector.
Otro acierto, en este caso obra de sagaces analistas, asiduos invitados de las telecutreces y radiotontadas, es culpar del desempleo juvenil a la falta de profesionales adecuadamente formados, justo cuando la tasa de universitarios es la mayor de la historia y cuando los titulados no consiguen un empleo en el que aplicar sus recién adquiridas aptitudes técnicas o bien estas no se remuneran lo suficiente para disuadirlos de escoger una birria de empleo con mejor salario y puede que también mejor horario.
No es difícil llegar a la conclusión de que los políticos de todo el mundo desarrollado lo están haciendo mal, muy mal; de hecho lo hacen requetemal en casi todo, ya sean liberales, demócratas, socialdemócratas, socialistas, comunistas, republicanos, o tiranos, da igual. Lo hacen mal en economía y en política energética e industrial, agrícola, del transporte, o educación, de salud e inmigración…, no soy capaz de encontrar ningún ámbito en el que el acierto sea digno de mención. Quizá el mayor acierto es que los servicios secretos logren evitar -de momento- guerras y grandes atentados: pero esos hechos concretos… eso quizá nunca lo sabremos.
Cambiar de lo nefasto a la utopía posible no es imposible: hemos de hacer que nos dejen de joder. A ver si nos entra en la mollera, que esto ya nunca será lo que era.
Como para aceptar lo nuevo debemos deshacernos antes de lo viejo, y dadas las fechas señaladas en las que nos encontramos, quiero hacer un regalo a los sufridos y pacientes lectores – de haberlos -que hayan llegado hasta aquí. Se trata de un gran libro; de los que pueden servir para salvar lo que queda en uno de sentido común, o de desviar nuestro trayecto hacia la absoluta idiotez, respecto al tema del trabajo y el empleo que hoy se pretende salvar por parte de nuestros insufribles representantes políticos.
Es un auténtico best seller que conmocionó Francia en su día, y se tradujo a una veintena de idiomas ya hace una década. Para su autora fue el gran libro de su vida, y supuso, según sus declaraciones, un esfuerzo intelectual muy, pero que muy importante. A pesar de la importancia del libro, éste tiene poquitas páginas; es de los que se leen rápido y fácilmente, si bien con apasionamiento y cierto dolor en el corazón. Por supuesto, es de esos pocos libros que a mí me causaron huella. Os lo quiero acercar, para que comprobéis hasta qué punto el sistema económico se basa en un disparate horrible. Quizá es nada menos que el meollo de todo el mal social del llamado abusivamente mundo desarrollado, y sin embargo la mayoría de los políticos tratan el tema del empleo con la misma absoluta falta de comprensión y sentido común con que tratan todo lo que tocan.
Podéis descargarlo desde el “Box” que está en este blog, bajando a la derecha. Sólo hay que escoger el archivo a descargar y carpeta de destino.
El horror económico. De Viviane Forrester.
A Solbes y Pizarro: ¿sólo somos trabajadores?
Los políticos de una y otra facción hablan últimamente de los votantes tratándonos frecuentemente como trabajadores, y no ciudadanos, como si sólo el trabajador se ganara el derecho a la existencia en sociedad. Curiosamente lo defienden a capa y espada aquellos que no tienen ni idea de lo que es trabajar, lo que se dice trabajar.
Trabajar, cotizar y consumir. O vegetar, pordiosear y malvivir. Son las dos opciones que el sistema nos permite elegir, a parte de la remota posibilidad de ser un afortunado “representante”político o empresario de “éxito”. Aparentemente podemos sólo escoger entre una jaula con el sustento mas o menos seguro o entre hundirnos en la miseria y el aislamiento social. La organización social, libremercantilista y globalizadora nos impone las orejeras de burro para indicarnos lo que debemos ver y lo que no, para así seguir el camino marcado sin mayores preocupaciones. Pero ¿quienes representan esta organización?
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Motines carcelarios y chapuzas políticas.
Cito: La población reclusa en España prácticamente se ha duplicado desde 1990. En concreto, ese año había 33.035 presos, y la media del 2007 asciende a 64.448, según datos del Ministerio.
Jeremy Rifkin, en su libro El fin del trabajo hace alusión a la situación excepcional que vive EEUU en relación a la delincuencia. “Los niveles salariales reducidos, el creciente desempleo y la cada vez mayor polarización entre ricos y pobres está convirtiendo ciertas zonas de los Estados Unidos en territorios sin ley. Mientras que la mayor parte de los americanos conciben el desempleo y el crimen como los dos problemas más importantes a los que se enfrenta el país, muy pocos están dispuestos a asumir la relación existente entre ambos… Lee más »
Castigo divino
No me cabe duda de que el trabajo es algo así como un castigo divino. En cambio para algunos empresarios (la mayoría) y para algunos trabajadores (a los que no puedo entender) debería ser considerado objeto de veneración. Estas personas o bien no leyeron el Génesis o son ateos. ¿No condenó Dios a Adán y Eva a ganarse al pan con el sudor de su frente por desoír su advertencia respecto al árbol prohibido? Lee más »
Pobres trabajadores.
Nos recuerdan constantemente que vivimos en la parte rica del mundo. Eso significa, más precisamente, que la renta per cápita está entre las mas altas.
Otra cosa es que nos olvidemos del complejo procedimiento de cálculo con el que se obtienen datos tan valiosos como estos. Ya saben: si hay tres personas, una de ellas tiene 3 pollos, las otras dos ninguno; a efectos estadísticos toca a un pollo por persona Lee más »
Trabajos forzados
La revolución industrial trajo consigo la desaparición de la esclavitud que mantuvo la economía de las colonias europeas en América y Africa. Pero las condiciones de vida de algunos obreros de inicios de la revolución industrial no fueron mucho mejores que las del esclavo de la plantación de algodón.
La abolición de la esclavitud tampoco la erradicó de un día para otro. Parece ser que aún perdura hoy, aunque como una realidad aisladísima y vergonzosa.
De modo más general han subsistido trabajos duros y penosos, pero ya no se obliga a nadie a trabajar a golpe de látigo, ni con unos grilletes en los tobillos.
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