Trabajos forzados

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La revolución industrial trajo consigo la desaparición de la esclavitud que mantuvo la economía de las colonias europeas en América y Africa. Pero las condiciones de vida de algunos obreros de inicios de la revolución industrial no fueron mucho mejores que las del esclavo de la plantación de algodón.
La abolición de la esclavitud tampoco la erradicó de un día para otro. Parece ser que aún perdura hoy, aunque como una realidad aisladísima y vergonzosa.
De modo más general han subsistido trabajos duros y penosos, pero ya no se obliga a nadie a trabajar a golpe de látigo, ni con unos grilletes en los tobillos.

Ahora las personas venden su tiempo y su energía de forma totalmente voluntaria. Son libres de aceptar o rechazar cualquier empleo. De mejorar su formación. De decidir criar a sus hijos personalmente. De despedirse si un puesto de trabajo no le satisface, o si sufre de “mobbing”.
Pero la libertad es una cuestión más compleja. El ejercicio de la libertad depende tanto de la voluntad como de la existencia de opciones. Si no hubiera opciones entre las que escoger, ¿A qué quedaría reducida la libertad?
Las opciones laborales consisten para la mayoría en una mayor o menor diversidad de ofertas de empleo. Las ofertas de empleo dependen de la vitalidad de los mercados, de la necesidad de más o menos capital humano para una misma producción, del coste de este, y de la legislación laboral y las políticas de fomento del empleo, entre otros factores.
El aumento de productividad, beneficioso para las empresas y el consumidor, conlleva a una reducción de su plantilla. La competencia, por su parte propicia ajustes de costes laborales, ya sea en forma de contención salarial, de reducción de mano de obra, o, en el caso de las multinacionales, de la deslocalización de sus centros productivos. La población de los países donde se localizan estas empresas no puede permitirse consumir los productos que sus trabajadores fabrican. Y poco a poco, en los países ricos de donde proceden, cada vez más gente pierde poder adquisitivo y dejan de consumir algunos productos y servicios.
Otra forma de mejorar la productividad, más sencilla aún que deslocalizar empresas, es facilitar una masiva inmigración desde países subdesarrollados, cuya población está dispuesta a aceptar salarios mucho más bajos y peores condiciones laborales.
De esta forma se hace innecesario invertir en aumentar la productividad por medio de automatización y organización, y tampoco será necesario contratar mano de obra cara.
La consecuencia general es una reducción de los costes salariales, y a su vez, del poder adquisitivo de un sector mayor de la población.
Durante algunos años las grandes empresas se sostienen ampliando mercados en países en vías de desarrollo. Grandes y pequeñas empresas han prosperado debido también al crecimiento de la población en edad de consumir, a una fuerte inducción al consumo de nuevos bienes y servicios gracias a diferentes tipos de publicidad, y a una relativa despreocupación por los costes energéticos, de las materias primas, y de las consecuencias medioambientales de la actividad económica.
El nivel de consumo de los trabajadores se mantiene, a pesar de su reducción de ingresos, mediante los mecanismos de abaratamiento del dinero, o sea, los intereses a pagar por un préstamo, así como de los mayores plazos de retorno.
Las hipotecas de hace 10 años en España se retornaban con una tasa de interés en torno al 15 % y a un plazo máximo de 15 años. Actualmente se conceden a 30 años y con tasas en torno al 5 %. Consecuencia: se mantiene el consumo de productos como coches y viviendas a costa de un mayor endeudamiento de las familias.
Pero como las “cómodas cuotas” reducen el capital disponible, se resienten ahorro y consumo a corto y medio plazo.
La construcción de viviendas genera una importantísima industria de materias primas y materiales. Pero la vivienda es un bien muy duradero; de hecho existe un importante mercado de segunda mano. Además, depende fuertemente de la estructura de la pirámide de edades de la población. Es evidente que el fuerte ritmo de construcción y venta de vivienda nueva de los últimos años tiene los días contados. A la vez, la compra de una segunda vivienda, debido a la coyuntura económica descrita, es una posibilidad al alcance de muy pocas familias. De hecho, la tendencia es que segundas viviendas adquiridas en tiempos mejores se pongan en venta para permitir la compra de una vivienda nueva, vendiendo también la primera vivienda.
La principal consecuencia de toda esta coyuntura es la reducción muy sensible de la necesidad de mano de obra, tanto más cuanto más cualificada, constituyendo todo ello una involución del desarrollo técnico y económico del país. A ello se añade la especial circunstancia de que España es un país con una muy alta tasa de población activa con preparación universitaria.
El creciente desequilibrio entre oferta y demanda de empleo nos lleva a una precariedad salarial también creciente. Una vez agotados del mismo modo los mercados en países ayer en vías en desarrollo y agotados también los límites de endeudamiento del consumidor, ni todo el marketing del mundo podrá vender más que lo necesario, o poco más. Se cierra el círculo con más reducción de mano de obra.
La precarización continua de salarios y condiciones de trabajo podrán aún mantener la competitividad de algunas empresas algún tiempo más.
La reducción de las necesidades de mano de obra es un hecho incuestionable. La cuestión es si se traducirá en desempleo masivo, a la vez que un sector de la sociedad estará saturado por jornadas interminables y responsabilidades laborales crecientes, o en una reducción de las jornadas de trabajo que permita repartir el empleo y mejorar la calidad de vida de todos.
Estarán de acuerdo en que el control de la economía es de interés general y todos tenemos algo que decir, no sólo el Banco Central Europeo, los ministerios de Economía, o los grandes grupos financieros a los que confiamos nuestros ahorro

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