¿Mejor cigarra que hormiga?

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Dedico estas líneas a todos aquellos que, como yo mismo, alguna vez hemos invertido unos ahorrillos en fondos de inversión de renta variable o directamente han comprado acciones de empresas que cotizan en bolsa: los quede alguna manera han jugado en bolsa.
Después de algunas inversiones no muy recomendables he incrementado mi capital… de conocimientos a partir de la experiencia directa – no siempre apreciada – de algunas decepciones. Estas audaces incursiones en los mercados de capitales estimularon mi apetito de aprender en que se basa todo el tinglado de la bolsa y los fondos de inversión.

Lo primero que todo inversor debería saber es que en bolsa no se ha de pretender ganar mucho más que con otras inversiones a corto o medio plazo; esto sólo lo consiguen –y no siempre- los inversores desgraciados en amores y los tiburones del parqué. Estos últimos utilizan su autoridad en el tema para propiciar un determinado estado de expectación de los inversores menos instruidos en la ciencia bursátil, que son la mayoría, para conseguir variaciones en el valor de cotización de las acciones que se hallen en su punto de mira; incluso pueden provocar ligeras variaciones dado el importante volumen de transacciones que a veces controlan.
Para ganar a corto plazo la cotización se debería disparar después de que compráramos un determinado valor, lo cual sucede cuando hay expectativas exageradas que provocan detrás nuestro un aluvión de compras del mismo valor. Pero ocurre que los picos muy pronunciados son precisamente eso, picos, no pendientes. Cada hora que pase desde el inicio de un repunte alcista se incrementa el riesgo de que se inicie la caída, motivada por lo que eufemisticamente llaman realización de beneficios de los primeros que compraron.
A corto plazo las pérdidas de unos y los beneficios de otros dependen mutuamente y se explican por el momento de entrar en el juego de la bolsa. A corto plazo es difícil, por no decir imposible, que unos ganen sin que otros pierdan. La explicación es de pura lógica matemática, la misma explicación de la pirámide de Ponzi, pues se trata de aplicar la misma maquiavélica idea.
Pues bien, como la bolsa con su relativa complejidad no facilitaba el acercamiento de la carnada necesaria para tanto tiburón, se idearon los Fondos de Inversión en Renta Variable. (Decididamente Maquiavelo sigue entre nosotros).
Estos fondos facilitan a cualquiera que disponga de unos ahorrillos la realización de inversiones en la bolsa de valores, ya sea renta fija o variable, aunque no conozca en absoluto las reglas de funcionamiento de la bolsa ni la evolución financiera de las empresas cuyos títulos cotizan.
Así todos tienen lo que quieren; las empresas consiguen más dinero barato para mejorar su productividad o para crecer, y los ahorradores pueden comprar trocitos de estas compañías para participar de sus ganancias. Pero sólo simbólicamente, pues no tendrán ningún control sobre la compañía, a diferencia de los accionistas, que pueden ejercer un cierto control con su derecho a voto en las juntas de accionistas.
El ahorrador que invierte en uno de estos fondos deja sus dineros en manos de unos profesionales que decidirán por él los valores que compran o venden en cada momento. Estos profesionales de la compraventa, y sobre todo sus Jefes, se beneficiarán de la buena marcha de los Fondos cobrando unas moderadas comisiones, pero no tengo muy claro si se les penaliza en la misma medida cuando estos fondos estén en pérdidas. Si esto es así no tienen demasiados motivos para no arriesgar en exceso un dinero que no es suyo.
Dentro del juego bursátil se reproducen efectos de comportamientos curiosos como es el “efecto riqueza”, que sufren los poseedores de acciones o Fondos muy revalorizados, quienes experimentan la sensación propia de haber ganado fácilmente un dinero, lo que les induce a consumirlo alegremente y, sobre todo, como si ya lo tuvieran en el bolsillo antes de dar la orden de venta.
Este efecto multiplicado a gran escala supone que las empresas disponen de dinero para mejorar su productividad, al tiempo que se mantiene un nivel alto de ventas de bienes y servicios gracias al clima de alegría consumidora de muchos ahorradores felices.
Se produce un batacazo real y psicológico cuando uno se percata de que no se ha vendido a tiempo, por lo que se ha “perdido” parte de un dinero ahorrado, y también se ha gastado otra parte en lujos innecesarios creyendo que se gastaba un dinero fácilmente ganado.
Otro curioso efecto es el que he bautizado como “efecto vergüenza”, que afecta en variadas circunstancias a casi todos. Permite al mercado de valores mantener una apariencia más saludable de la que el frío análisis financiero y económico dictaminaría. Por ejemplo, ante una crisis de un valor o conjunto de valores se disfraza fácilmente su precio bajo como una buena oportunidad para atraer a la carnada. Aprovechando el efecto vergüenza, según el cual nadie quiere reconocer haber perdido dinero cuando la inversión suponía ganar sin esfuerzos pero inteligentemente (si ganas puedes contarlo con orgullo, pero si pierdes eres tonto y más vale ocultarlo), se borran de la memoria colectiva las pérdidas de muchos. Es más, las ganancias se exageran y las pérdidas se ocultan. El mismo efecto se produce, por ejemplo, entre los inmigrantes africanos que trabaja en invernaderos: por muy duras que sean sus condiciones de vida aquí no regresan a su país para no reconocer ante familiares y amigos el “fracaso” de su decisión migratoria. Si regresan será por vacaciones, ostentando un falso éxito para deslumbrar a sus paisanos, con lo cual les animan involuntariamente a seguir su ejemplo.
A veces se me ocurre relacionar hechos aparentemente inconexos de modo que resulta una explicación irónica de ciertos mecanismos bursátiles. Como la venta de acciones preferentes a empleados, con una mínima antigüedad, eso sí. Yo rechacé una amable oferta de la empresa que poco después me despidió, como despidió a otros que sí la aceptaron. La oferta consistía en la posibilidad de comprar acciones de la empresa a medias con la propia empresa, y al cabo de 2 años puedes disponer de ellas para ti solo. La única condición es que pase lo que pase no las puedes tocar durante dos años.
La empresa se autofinancia sin pedir dinero a ningún banco, sino que lo pide a sus empleados, descontando los importes de sus nóminas, con lo que trabajaran algún tiempo para financiar la empresa.
Al cabo de unos meses, aprovechando la excelente mejora que supone para los empresarios el “decretazo” que motivó la huelga general del 20 de Junio ¿del 2000?, se inicia una carrera de despidos que quizá se indemnicen con el dinero que los mismos trabajadores aportaron. Muy pocos lo sospecharían cuando invirtieron su dinero, y eso que una clausula advertía –innecesariamente- de que la posesión de títulos-acción no garantizaba la permanencia del trabajador en la empresa.
Pero no es necesario que la empresa tome la iniciativa, basta con que hayamos invertido en un Fondo con acciones de la empresa en la que trabajamos, o de la empresa a la cual pertenece la empresa en la que trabajamos, para que podamos sospechar de estar ayudando a facilitar nuestro despido. A escala global es fruto del espíritu de Maquiavelo: cientos de miles de ahorradores esperan un beneficio de unas acciones que para revalorizarse han de aportar beneficio, para lo cual las empresas en muchas ocasiones deciden reducir la carga salarial. Y como ya pueden pagarlo…
Puesto a relacionar hechos se me ocurre lo siguiente;
Si la inevitable compañía telefónica aumenta desorbitadamente la cuota de línea perjudicando a los clientes mas humildes, o cierta compañía petrolera sube el precio de los carburantes de automoción –preferentemente en época vacacional- a pesar de que el precio del barril se mantiene estable, o la compañía aérea más utilizada en nuestro país le hace esperar varias horas su vuelo por las huelgas de negociación de convenio de sus empleados, o si debemos continuar pagando algunas autopistas de peaje unos años más por prorrogarse la concesión de explotación, o si la compañía eléctrica le corta el suministro eléctrico por no haber invertido parte de sus beneficios a la mejora de su infraestructura, si la empresa en la que trabaja le recorta sus complementos salariales o le despide para ser más competitiva o para trasladarse a otra ubicación más rentable; todo ello no tiene otro fin que beneficiar al ahorrador que ha invertido en fondos de renta variable. Por lo tanto no se queje, pues todas estas medidas, aunque molestas para mucha gente, pretenden mejorar la cuenta de resultados de las empresas y los dividendos y cotización de sus acciones.

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