El cambio climático y los límites de la percepción

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Creía que a estas alturas pocos se atreverían a manifestar tan descaradamente su escepticismo acerca del cambio climático. Pero resulta que entre los personajes mas destacados de la política nacional española encontramos algunos realmente atrevidos, capaces de hacer declaraciones intencionadamente confusas. Diciendo lindezas como que al no poderse garantizar el clima de aquí a 300 años se invalida cualquier proyección de tendencia. Vaya, que los cambios ya evidentes que se aceleran año tras año no son cambio climático sino pura manifestación del caos natural. El clima no cambia, y si al final resulta que cambió, bueno, pues porque vamos a creer que la mano del hombre tuvo nada que ver; sólo fueron los ciclos naturales.
Pero resulta que el clima sí está cambiado. Lo atestiguan la retirada de los glaciares, la desaparición de masas enormes de hielo en el ártico, el deshielo del permafrost, las extraordinarias ventiscas de polvo rojo en Mongolia, el avance o retirada de especies animales y vegetales en su adaptación a las nuevas condiciones climáticas, quizá también las inusitadas inundaciones y el desenfrenado monzón de los últimos años. En los últimos cinco años se han batido casi todos los récords posibles en los registros climáticos de todo el mundo; las peores inundaciones que se recordaban, los huracanes mas fuertes, las sequías mas severas, los tornados mas violentos y abundantes, etc. Incluso se producen fenómenos que no eran nada habituales en ciertas regiones.
Cuánto de todo ello se debe a las emisiones de gases de efecto invernadero o a la destrucción de selvas y bosques puede ser una incógnita relativa pero como mínimo no podemos negar tajantemente que algo podría tener que ver. No adoptar como mínimo un principio de precaución ante algo tan descomunal es estar completamente ciegos o -lo que me resulta mas creíble- no dar ninguna importancia al legado climático y ecológico para las generaciones futuras, anteponiendo el afán de lucro económico a corto plazo. Plausible, ya que a fin de cuentas si quienes defienden esta postura manifiestan poca o ninguna empatía hacia los menos favorecidos por el reparto del pastel, sería mucho esperar que se sintieran conmovidos por el sufrimiento de quienes aún no tienen voz ni voto.


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