Mensaje en una botella.

Encontré el siguiente escrito, fechado el 16 de Enero del año 2003. Es un mensaje que en su día fue redactado con poca fe en que alguien mas lo leyera, pero su autor, además de entretenerse con las palabras, conservaba un resquicio de esperanza de en un futuro cercano llegara de alguna manera a otras personas.

Curioso: entonces creo que no existían los blogs o al menos yo tardaría en saber de su existencia.

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NAUFRAGOS

Pedimos auxilio porque llevamos demasiado tiempo perdidos en un mundo extraño, en el que la esperanza escasea cada día más.
Podríamos renunciar a salir del aislamiento emocional, pero nuestra existencia nos defraudaría hasta lo insoportable. Por ello creemos llegado el momento de enfrentarnos al mundo exterior, y tenemos prisa en desvelar nuestra situación.

Reconocemos que la prisa que no es más que un maldito invento de la civilización occidental, posteriormente adoptado por todas las sociedades desarrolladas tecnológicamente. Civilización con prisa por apropiarse de unas riquezas que no necesitan dueño; con prisa por utilizar los tesoros de la Tierra para inflar el insaciable orgullo con proezas tan emocionantes como infantiles. Proezas como ser más rico, poderoso e influyente que nuestros vecinos, ya sean estos personas o países, o como la de pretender que todos vean la realidad del mismo color que nosotros, o como la de anteponer la sed de honores y reconocimientos al bienestar de tus vecinos.
Estas pequeñas debilidades humanas en ocasiones pueden provocar que se cometan algunos pecadillos contra quienes estorban de una u otra forma, y de quienes esperamos que no ofrezcan demasiada resistencia. Y en ocasiones no queda más remedio que quitar de en medio (literalmente o no) a quien molesta , atribuyendole a la víctima rasgos demoníacos para tranquilizar la conciencia y justificar el ardor con que nos entregamos a la heroica hazaña de aniquilar al enemigo.
Pero hemos visto crecer los remordimientos según vamos conociendo los efectos de nuestras acciones. Por ello se ha enmascarado el mal aliento de nuestra opulencia tras el fuerte olor a menta que es la hipocresía, o, mejor aún, tras un oportuno resfriado que nos deja sin olfato, como deja sin olfato ni visión la ignorancia de los débiles de voluntad, sin voluntad suficiente para pensar y querer averiguar que hay detrás de las apariencias.
Esta mezquina comodidad no vale nada en comparación con el sufrimiento que nuestra pasividad provoca en los verdaderos inocentes.
Además, el hedor que desprenden nuestros confortables asientos nos asfixiará tan inevitablemente como los gases venenosos que vomitan el desarrollo industrial y los automóviles.

Lanzo este mensaje de socorro con la esperanza de que estemos un poco más cerca de ser salvados de este penoso naufragio del espíritu humano.
Mientras tanto haremos bien en aprender a medir las consecuencias de nuestros actos, y lucharemos por no volver a caer en el aletargamiento del conformismo.

Deberemos empezar estableciendo un código de conducta menos infantil, es decir, según el cual nos responsabilicemos de nuestras acciones, atendiendo al efecto sobre cualquier persona, animal o cosa, y en el que podamos participar directamente en las decisiones de la comunidad. Un código también menos rígido, porque muchos problemas merecen soluciones imaginativas, generosas y bien meditadas. Más inteligente, porque se ha de averiguar cual es el origen de los conflictos, y no tratar de anular u ocultar sus consecuencias en lugar de trabajar sobre sus causas. Debemos actualizar nuestras relaciones humanas y económicas, inventando una nueva democracia orientada hacia el bienestar de cada uno de sus integrantes, sin excluir ni siquiera a las personas ajenas a ella. Para alcanzar objetivos tan elevados se deberá empezar por la base de las acciones, desde las aparentemente insignificantes, desarrollando un criterio propio para el consumo, el ocio, el trabajo y las relaciones personales. Deberemos armarnos de paciencia, sí, pero no para aguantar sin respuesta las agresiones a nuestra nueva sensibilidad despertada, sino para continuar en nuestro empeño a pesar de que se nos diga que nuestra actitud no produce resultados, o incluso se llegue a cuestionar –indebidamente- la conveniencia de algunos cambios.
Partimos del convencimiento para tomar la decisión de una nueva actitud, y sabemos que necesitaremos perseverancia. Pero no podemos olvidar las herramientas y los métodos que nos permitirán actuar; porque evidentemente no podemos confiar toda esta responsabilidad en quienes gustan de llamarse a sí mismos nuestros representantes. De hecho a la mayoría de ellos no los necesitamos en absoluto.
Tampoco necesitamos tantos conocimientos, sino más sabiduría y bondad; ni necesitamos matarnos a trabajar, sino repartir mejor el trabajo y la riqueza que este produce; ni necesitaríamos tantas cárceles si hubiera más oportunidades y una educación auténtica; ni sería necesaria tanta represión si el poder y la riqueza no estuvieran tan concentradas y fueran tan inaccesibles.
Para enfrentarnos a los poderes ocultos, -entre otros la mano “invisible” del libre mercado- necesitamos una estrategia de guerrilla. Podemos empezar renunciando a todo lo que no nos guste por innecesario, caro, inmoral o antiecológico. Aprendiendo a pensar por nosotros, en lugar de ser el eco de vacías frases de diseño publicitario, nos sacudimos de encima lo superfluo.
Valorando a las autoridades (políticas, financieras, empresariales, religiosas, intelectuales, académicas; o del tipo que sean) por sus hechos y razonamientos y no por su posición o reconocimiento social, las despojaremos de todo su inmerecido poder.
La generosidad y solidaridad bien entendidas nos harán olvidar la envidia, con lo cual nos ahorraremos muchos sinsabores.
Dejar de vivir en clave de dinero, para cambiarlo por tiempo y calor humano. Cambiando la productividad por creatividad ganaremos en satisfacción personal y seremos realmente más productivos. (aunque quizás no como un empresario desearía). Simplificando nuestro estilo de vida seremos más libres y viviremos más tranquilos y en armonía con el mundo.
Cada pequeño cambio vale la pena y hace más fácil los siguientes; también el apoyo mutuo ayuda a recorrer el camino.
Pero no todo son renuncias; también hemos de perder el miedo a pedir y a quejarnos, llamar a las cosas por su nombre – aunque siempre manteniendo los buenos modales-, así como no callarnos ante una agresión a nuestra integridad como seres dignos de respeto.
Igualmente importante es actuar según el principio de que la unión nos fortalece. Hoy día el ciudadano medio, el trabajador, incluso el estudiante, se encuentra más aislado que nunca. Las jornadas de trabajo cada vez más largas y el creciente despilfarro de tiempo con entretenimientos audiovisuales, tienen buena parte de culpa.

No sabemos durante cuanto tiempo habremos de mantenernos en guardia y alerta; quizás permanezcamos perdidos para siempre. En cualquier caso no nos rendiremos a un destino ideado por quienes juegan a ser dioses: unos personajes que resultarían ridículos si no fuera por el daño que causan.

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Un comentario el “Mensaje en una botella.

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