La energía nuestra de cada día que alimenta a “Matrix”

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Como si de un mantra se tratara, se nos repite casi a diario que sin las formas “tradicionales” de energía los engranajes de las modernas sociedades del bienestar se paralizarían sin remedio, dejando en la miseria a millones de personas que gracias al petróleo, al gas y a la energía nuclear disfrutan de niveles de riqueza inalcanzables a partir de otras fuentes de energía. Y como, por lo general somos más pobres de espíritu que de bienes materiales, no oponemos demasiada resistencia al propangandístico argumento pro-energético. Porque es cierto que una proporción de la población, cada vez menor, se beneficia abundantemente de la riqueza acumulada por el consumo de los combustibles fósiles. Pero también es cierto que sin combustibles fósiles se pararían, o se frenarían, algunos engranajes del dominio económico y de la globalización de la explotación, de la corrupción política, de la producción armamentística y el negocio de las guerras – también se dificultaría la producción de armamento nuclear-.
Y, como no, la poderosa y cómplice industria del automóvil se atascaría entre las demandas de nuevas tecnologías por parte de sus verdaderos clientes, los conductores, y las de los fabricantes de combustibles que presionarían para remplazar los combustibles convencionales por otros alternativos a precios astronómicos.

Durante buena parte de la historia de lo que llamamos Europa, la Iglesia Católica y otros poderes políticos nos obligaron a aceptar numerosos dogmas y leyes sin otros argumentos que la fé y la fuerza bruta. Hoy es la propaganda social de los poderes financieros quienes sin más argumento que la repetición incesante de consignas de diseño en medios de comunicación escrita o audiovisual desarman nuestras conciencias para que aceptemos lo que en situación de lucidez sería intolerable. Quieren que aceptemos que sólo el libre mercado tiene la llave de la felicidad y la libertad de los individuos, cuando es en el mundo “rico” donde la gente padece mas depresiones, los manicomios esconden a los “diferentes” y perturbados y las cárceles están a rebosar de deseperados; donde la gente ríe poco y débilmente y apenas se comunica entre ella; donde las familias se desintegran; donde no queda rastro de espíritualidad salvo para una enfermiza variante de fé.
El libre mercado, después de todo, sólo es la manifestación sublime de algunos de los peores defectos humanos: envidia, avaricia y soberbia. El libre mercado es la perfecta expresión del espíritu humano tal como ha sido hasta nuestros días. La energía, la tecnología y la globalización económica han sido las palancas que han impulsado la explotación de la naturaleza entera, incluyendo al propio ser humano, hacia el enriquecimiento desmesurado y desvergonzado de una minoría muy, muy reducida.
Pero ello no hubiera sido suficiente; los cómplices hemos debido permanecer dormidos en el sueño de la obediente condescendencia para no advertir la gran farsa y la gran injusticia del sacrificio del mundo entero para convertirlo en el trofeo de los ganadores del macabro juego de la economía.
La única pregunta que parece importar al fin es: ¿Despertaremos antes de que sea demasiado tarde? ¿ o permaneceremos atados a Matrix ?

¿Pildora azul o roja?

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