Llegó la hora de saldar cuentas

¡Atención! Se acerca el recaudador con las legiones.

Cada año por estas fechas, los contribuyentes que recibimos nuestros únicos ingresos a través de la transparentísima nómina tenemos que presentar la declaración de Hacienda. No entiendo el porqué, ya que saben mejor que nosotros lo que cobramos o dejamos de cobrar. Supongo que para crear la ilusión de una falsa libertad. El caso es que se trata a menudo de un proceso doloroso para el que se ha diseñado una anestesia bastante eficaz: con el fin de que el contribuyente no sienta dolor y trate de revolverse se recurre a una complicación del proceso de cálculo –de otro modo inexplicable- y a una terminología cuya única finalidad parece la confusión que obligan a la mayoría a solicitar los servicios de a un gestor o a pedir el borrador a la delegación de Hacienda. De esta forma el declarante no es del todo consciente del pastón que le soplan, dado que además la mayoría de las veces se ha prorrateado el pago a lo largo del año mediante la indiscutible retención en nómina.

Si un trabajador, padre de familia de ingresos modestos, pese a que le cuesta sacrificios y privaciones llegar a fin de mes, termina pagando una cuarta parte de sus ingresos brutos al fisco, suele mosquearse y termina por sentirse algo molesto por las mediocres contraprestaciones; pero sienta mucho peor plantearse que la causa de al menos setenta madrugones al año y tres meses de trabajo de cada año es saldar su deuda anual con el Estado protector. Tres meses durante 35 años (contando sólo de los 30 a los 65) son casi 9 años seguidos. Nueve años de nuestras vidas consumidos prácticamente para cumplir las obligaciones con el fisco.
Pero la cosa es aún peor: si a ello le sumáramos el sablazo de la hipoteca, que obliga al pobre ciudadano español medio a aportar su salario integro de 15 años trabajando a jornada completa para pagar un sencillo piso de 80 y pocos metros cuadrados *(1) – impuestos incluidos -, la comparación con el nivel de libertad de los esclavos de la antigua Grecia resultaría muy favorable para los helenos. Quince años esclavizado por el pisito más otros 9 para pagar parte de los impuestos directos nos dan 24 años de trabajos que bien podrían calificarse como forzados. Forzados por el Estado, ya que si la vivienda está en niveles de precio estratosféricos es también porque así el IVA correspondiente al importe de los pisos está en la misma proporción hiperinflado, lo cual ha engordado las arcas públicas y ha permitido a los políticos hacer política con el estómago bien lleno. Igualito ocurre con los precios de la gasolina y el gasoil, que se han duplicado en pocos años bajo la satisfecha mirada de un Estado, que en lugar de tratar de controlar los efectos sobre el poder adquisitivo de la población, se frota las manos pensando sólo en llenar el cazo con gesto de avaricia enfermiza.

A riesgo de acentuar alguna úlcera, o de empeorar algún cuadro de estrés – probablemente debido al excesivo trabajo- añadiré que el criterio del Estado en cuanto a la administración del dinero público no suele coincidir con lo que un ciudadano con verdadero sentido común crería que es lo correcto. Quizá sea un exceso de administración –y de personal-, una burocracia ineficiente, unas obras públicas desequilibradas, un gasto excesivo en subvencionar a las grandes empresas y a las grandes fortunas, unos sueldos de la clase política y de los altos cargos funcionariales muy por encima de la media nacional, unas pretensiones de proyección internacional divorciadas de la realidad económica y política nacionales, etc. O quizá sea la percepción de que no necesitamos un tren de alta velocidad antes que unas cercanías o unos trenes regionales en condiciones.*(2) Quizá porque no creemos que subvencionar tan favorablemente aberraciones como el transporte privado, la energía nuclear o el queroseno de los aviones, mejore sustancialmente nuestra calidad de vida, sino todo lo contrario. O que tampoco necesitamos que España continúe siendo un reino ya en el siglo XXI; podría ser un país a secas, sin monarquía que mantener.
Podrían ser muchas las razones por las que creemos que el Estado derrocha el dinero que nos coge de la nómina o pagamos con el IVA de las compras diarias; pero básicamente se trata de que se gasta muy alegremente un dinero que no lo han tenido que ganar quienes deciden como gastarlo. Y se gasta, quizá, en fomentar aún mas la especulación inmobiliaria, en apoyar a los bancos, en fomentar una competitividad que destruye empleo (y no al revés) y reduce a la mínima expresión actividades imprescindibles como la agrícola. Se invierte, sí, en acabar con las ya escasas libertades de los individuos a favor de las empresas y de la libertad de circulación de los capitales.
Nos convierten día a día en esclavos que consienten con su destino, pues nos hacen creer que somos una generación afortunada, cuando en realidad corremos un grave riesgo de someternos a un régimen totalitario disfrazado de democracia.
Si te ofenden estas últimas palabras, o te parecen inocentes o estúpidas, quizá sea porque estas completamente atrapado. Si es así, intenta pensar por tu cuenta. Si perseveras es posible.

*(1) 300.000 euros es un precio medio del piso en cuestión, que a razón de un salario medio (neto) de 20.000 euros /año nos da la cantidad equivalente a 15 salarios anuales; eso sin contar los intereses, ni los gastos notariales, ni el IVA, ni los AJD, ni el IBI, etc. Sumado todo podríamos irnos a los veintitantos años perfectamente.
*(2) algunos trenes regionales entre Barcelona y Tarragona tardan 1 hora y 40 minutos en recorrer los escasos 100 kilómetros que separan ambas ciudades; velocidad media = 60

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