¿Televisión? No. Gracias

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Existen buenas razones para no ver la TV. Todo lo que nos exige el televisor es encenderlo y sentarnos frente a él.. Mientras vemos la televisión no nos relacionamos con los demás, no leemos, no realizamos ninguna actividad creativa, no resolvemos ningún asunto pendiente, no jugamos, no pensamos por nosotros mismos y perdemos de vista lo que nos rodea.

La televisión utiliza trampas para atraernos. Se aprovecha de nuestra capacidad instintiva para estar alerta. Cualquier movimiento, cualquier cambio, atrae nuestra mirada.

Nos engancha con una continua sucesión de acontecimientos y la consecuencia es que permanecemos quietos ante ella, a la espera de lo que va a suceder dentro de un segundo. Entrar en el extraordinario mundo de la televisión tiene consecuencias negativas. Una de ellas es el aislamiento. Mientras permanecemos callados y sentados nos hacemos la ilusión de que nos relacionamos con los cientos de personas que aparecen tras el cristal. ¿Y para qué viajar si ya vemos paisajes y curiosidades de todo el mundo? La televisión fomenta la pasividad. Vemos las noticias políticas y las tertulias, donde supuestamente está reflejada nuestra opinión, y nos creemos que participamos en la marcha de la sociedad. Pero también nos atemoriza: nos tiene al tanto de todos los crímenes y accidentes y así nos convence de que el ser humano es malo por naturaleza (infundir miedo siempre ha sido una táctica del autoritarismo). Despierta esperanzas e ilusiones falsas. Los agotados espectadores ven cómo se gana dinero sin trabajar en los concursos. La publicidad, además, les quiere convencer de que comprando objetos serán mejores y más felices. A fin de cuentas, la televisión ofrece sustitutos para las necesidades reales, es decir, una vida falsa que aleja de la auténtica.

13 años de una vida

Si nos fijamos en la gente que nos rodea, nos daremos cuenta de que muchas personas viven más en ese mundo creado por la televisión que en la realidad. Según encuestas realizadas, las personas de 25 a 44 años permanecen ante la televisión una media de 3 horas diarias. Las personas de 45 a 64 años la ven durante 4 horas y las mayores de 65 durante 5 horas diarias. Los niños, hasta la edad de 12 años, la ven durante más de 3,5 cada día, pero nuestra experiencia nos dice que pueden ser algunas horas más. Si tomamos esas cifras por correctas, resulta que una persona de 81 años ¡habrá pasado 13,5 de su vida ante la pantalla! La distribución de los muebles en el 99% de las viviendas demuestra que la televisión es el objeto sagrado de nuestra sociedad. Para la tele, cada vez más grande, se reserva el mejor rincón del salón y en torno a ella se dispone el convencional tresillo. Al mediodía, a la hora de comer, se disponen los platos de forma que todos puedan ver la televisión, y mucha gente ha adquirido la costumbre de cenar en el sofá ante el aparato.

¿Por qué esta dependencia? ¿Es voluntaria esta fuga de la realidad? El escritor estadounidense Jerry Mander escribió en 1978 un libro titulado Cuatro buenas razones para acabar con la televisión. En uno de los capítulos explica las características de la extraña conexión entre el cerebro y el tubo de rayos catódicos, que expone nuestras retinas a una luz directa parpadeante que produce una especie de efecto hipnótico. Según Jerry Mander, por la forma en que las imágenes son procesadas por la mente, la televisión inhibe los procesos mentales por los cuales nos relacionamos con el entorno: \“La televisión parece ser un instrumento para el lavado de cerebro, la inducción del sueño y/o la hipnosis y no un medio que estimule los procesos de aprendizaje consciente\”.

Los lectores recordarán una noticia que se produjo en el mes de marzo de 1997. Cientos de niños japoneses sufrieron un ataque de epilepsia mientras veían su serie preferida de dibujos animados. El desencadenante fue una idea del creador de la serie: una intensa luz blanca que parpadeaba de forma regular. Aunque los efectos no lleguen a estos extremos, se puede decir que todos somos víctimas potenciales de las artimañas de la televisión si nos postramos pasivamente ante ella. ¿No os habéis preguntado nunca por qué casi siempre se enciende el aparato con un gesto automático, sin que se desee ver un programa concreto? Lo podéis llamar fuerza de la costumbre o necesidad de proporcionar a un cerebro adicto su dosis diaria de televisión.

Efectos negativos

Los más perjudicados son los ojos. Si miramos durante muchas horas una imagen que está siempre a la misma distancia, nuestros ojos se acomodan y pierden flexibilidad para enfocar otras distancias. Los niños que miran demasiado la televisión y más cerca de lo debido, acostumbran a tener problemas. Los médicos reconocen que ver la televisión a menos de 3 metros de distancia resulta claramente perjudicial, sin embargo pocas veces se respeta esta distancia. Además si el aparato está cerca estamos bajo la influencia de un campo electromagnético que afecta a nuestra salud produciendo estrés, dolores de cabeza e insomnio.

Otro efecto de la televisión es que limita nuestra sensorialidad, es decir, nos ofrece una experiencia bastante pobre. Es una imagen cuadrada de unos cuantos centímetros de ancho, sin la dimensión de la profundidad, y con unos colores más o menos acertados. Si nos acercamos con una lupa veremos cómo la imagen se descompone en cientos de puntos. No hay olor, ni tacto, ni temperatura… Mientras permanecemos ante la pantalla dejamos de utilizar al menos el 90% de nuestra capacidad para percibir y sentir. El comportamiento también se ve alterado por la televisión. Muchos expertos señalan que provoca hiperactividad, tanto en niños como en adultos, porque en la televisión no dejan de suceder cosas, mientras el espectador debe permanecer quieto. Cuando la televisión se apaga, los televidentes, niños o adultos, buscan la acción. El problema es que los hiperactivos quieren hacer muchas cosas pero nada en concreto, lo que en definitiva significa pasividad. Los niños especialmente, pero también los adultos, basan buena parte de su comportamiento en la imitación. Los niños quieren imitar a sus héroes de dibujos animados, que a menudo se comportan de forma muy violenta cuando luchan contra sus terribles enemigos. Si tenemos en cuenta que un niño menor de 4 años es incapaz de distinguir entre la realidad y la ficción,

¿qué imagen se formará sobre el mundo en el que le ha tocado vivir? Pesan en el platillo negativo de la balanza la visión de miles de asesinatos, escenas sexistas y modelos de comportamiento indeseables. La violencia más atroz está descaradamente presente incluso en los programas infantiles. Por no hablar de las películas para adultos (pero también vistas por los pequeños), casi todas basadas en un único argumento, repetido hasta la saciedad, de \”persecución del asesino persecutor\”. Otro de los efectos negativos de la televisión es que limita la conversación. Los miembros de una familia pueden comentar lo que están viendo, pero los temas les resultan ajenos. Es difícil hablar de lo que uno ha hecho a lo largo del día, de los asuntos que nos importan o de las preocupaciones personales.

La mala calidad de la programación

A pesar de que la gente ya ve demasiado la televisión, se pide que la calidad de la programación mejore. ¿Para verla aún más? Lo más acertado que se haya dicho sobre cómo debe ser una buena programación lo sugirió un director de la televisión pública británica en los años setenta. Aseguró que su intención era hacer una televisión tan educativa y tan suscitadora de intereses intelectuales, que los espectadores dejarían progresivamente de verla para dedicarse a cultivar sus aficiones. Este director duró muy poco en el cargo y, desgraciadamente, los responsables de todas las televisiones actuales no tienen los mismos objetivos. La televisión nos desinforma. Es sorprendente la cantidad de gente que está convencida de que no se puede estar al tanto de las cosas sin ver la televisión, como si no existieran fuentes más rigurosas y más ricas de información. Habría que decirles a estas personas que existen miles de temas y puntos de vista que casi nunca aparecen en televisión y sobre los que es muy enriquecedor pensar. Todos estos temas forman parte de la realidad. Pero es que la esencia de la televisión no es la formación ni la información, sino la publicidad. Los programas luchan para concentrar el mayor número de espectadores en el momento que aparece la publicidad. Ésta no se limita a los tradicionales anuncios, sino que se cuela en los programas de entretenimiento e incluso en los decorados de los programas de ficción. En realidad, la publicidad no sirve para financiar los programas sino que los programas se hacen para que veamos la publicidad. Parece un punto de vista cínico, pero es así como funciona una empresa de televisión. Sólo los canales de pago podrían romper esta dinámica. La consecuencia de todo esto es que se promueve desaforadamente el consumismo y, lo que es peor, desde la más tierna infancia (los niños ven una media de 18.000 anuncios al año). Para hacerlo, la publicidad, mediante mensajes cargados de intenciones e ideas estereotipadas, despierta el deseo de comprar. Por ejemplo, la publicidad de coches suele llevar el mensaje implícito de que los hombres compradores resultarán más atractivos a las mujeres y se distinguirán socialmente por encima de los demás. El resultado de este tipo de publicidad es que la gente acaba comprando por comprar y, la mayoría de las veces, adquiere productos totalmente innecesarios.

La gran decisión

Si no quremos pasar por lo menos 13 años de nuestra vida ante la pantalla, debemos empezar a cambiar las costumbres. El primer objetivo debe ser recuperar el tiempo para gozar de otro tipo de experiencias más enriquecedoras. El segundo objetivo será poner la televisión en el sitio que le corresponde como electrodoméstico y utilizarla sólo cuando nos interese de verdad. Pero romper con esta relación absorbente no es fácil. Son muchas las personas que lo han intentado y han fracasado: enseguida han encontrado argumentos para convencerse de que estaban exagerando la maldad de la televisión. Este fracaso está más relacionado con la pérdida de la capacidad de emprender iniciativas que con los maravillosos contenidos de la televisión, que nos ha acostumbrado a no hacer prácticamente nada. La relación con la televisión suele presentar todos los síntomas de una adicción y para superarla es necesario tomar una decisión firme. Lo mejor que puedes hacer es plantearte un verdadero desafío; ¿seré capaz de prescindir de la televisión durante un mes? Para empezar, se hace necesario que tomes medidas radicales: hay que desactivar el aparato. Desenchúfalo y guárdalo encima de un armario, en un altillo o, mejor aún, dejáselo a un amigo. Un amigo nuestro tomó la decisión de esconderlo en el rincón de su casa más olvidado. Al contrario de lo que suele suceder, que la distancia aumenta el cariño, nos comentó que a él le aumentaron \”las ganas de no volver a verlo nunca más\”. Una vez que te hayas deshecho de la pantalla, te darás cuenta de que su ausencia te obliga a reordenar el espacio de la habitación donde se encontraba, su altar central. Cuando nosotros nos vimos en este trance decidimos crear un espacio circular en torno a una mesa baja. Pensamos que era la mejor forma de propiciar el encuentro y la comunicación. Lo más difícil es superar ese momento en que simplemente encendemos la televisión y nos disponemos a pasar unas horas delante de ella. Muchas personas tienen la costumbre de encenderla unos segundos después de haber entrado en su casa. Aunque no se sienten a mirarla, necesitan oir su murmullo, precisan su compañía. Necesitamos tener claro que es preferible cualquier otra actividad en la que haya contacto humano, actividad mental creativa o sensaciones placenteras. Para que resulte más fácil tomar la decisión de hacer otra cosa en ese fatídico instante, proponemos 365 ideas alternativas. En el índice puedes consultar el tipo de actividad que más te interese realizar, desde ejercicios al aire libre hasta trabajos de artesanía. O simplemente puedes abrir el libro al azar. Al final del libro hemos indicado algunas obras o instituciones de referencia por si quieres profundizar en algunas de las propuestas. Las ideas recomendadas te acercarán a la naturaleza y a los demás. Siempre será mejor una excursión por una montaña cercana que ver los bosques de Canadá en televisión. Siempre es preferible hablar con los amigos a escuchar los ingeniosos diálogos de una serie acompañados de risas enlatadas. Hemos pensado en ideas útiles para mejorar la salud y enriquecer y amenizar la vida cotidiana, en dar pistas para superar la pasividad y sustituirla por la creatividad y el libre vuelo de la imaginación. ¡Que estas ideas y todas las que se te puedan ocurrir te ayuden a disfrutar de las habilidades personales, a utilizar los cinco sentidos y a pensar por ti mismo! Esperamos que a partir de las propuestas puedas encontrar las actividades que más te satisfagan y contribuyan a tu crecimiento personal. Con el paso del tiempo irás reforzando la capacidad de iniciativa y saldrán a la luz intereses personales. Entonces no encontrarás tiempo para hacer todo lo que deseas y mucho menos para ver la televisión. ¡Suerte en el intento!

Claudina Navarro y Manuel Núñez.

Barcelona, 30 de junio de 1998 Fuente: Introducción del libro “365 ideas para vivir sin TV” de Claudina Navarro y Manuel Núñez. Editorial Integral.

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Un comentario el “¿Televisión? No. Gracias

  1. La culpable no es la televisión en sí. Si no aquellos que quieren controlar a la gente a través de ella (que son la mayoría). O aquellos que sólo están ahí por dinero.
    Pero no opinarías lo mismo de la televisión si todo fueran noticias contrastadas objetivas, debates de todo tipo, y no sólo del PP-PSOE, documentales de multitud de temas y películas con un sentido que te hacen pensar.
    Es como si dices que internet sólo vale para pornografía y chatear…. pues para la mayoría de gente resulta ser así. Lo que también es cierto es que hay mucha más libertad en internet.

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