Peligro quizá no tan inminente.

La ubicación del futuro cementerio de residuos nucleares de alta actividad va a suponer una prueba más de que la democracia que tenemos es sencillamente penosa y lamentable. Los ayuntamientos que están presentando su candidatura a la selección de tan polémica instalación podrán determinar, con el voto de 4 gatos (un puñado de concejales), la ubicación de unas instalaciones que afectarán en gran medida las posibilidades de desarrollo económico, la seguridad, la calidad de vida y -muy probablemente- la salud, de decenas de miles de personas, aparte de las generaciones futuras que habiten -o no- en las inmediaciones. Personas cuya opinión se está ignorando, y que no podrán hacer otra cosa que quejarse amargamente si finalmente sus representantes políticos les traicionan, como es de esperar siempre que hay tanto dinero en juego, o cuando el juego político no permite opciones.

Podría parecer una queja de ecologistas caprichosos del tipo NIMBY (Not in my Back Yard), de los que no quieren renunciar a la electricidad barata pero tampoco quieren centrales térmicas o incineradoras cerca de sus casas, entre otras cosas. Pero es mucho más que eso. Y una vez más los medios de desinformación tratan de tapar la verdadera dimensión del asunto, que no es otra que el planteamiento de que la energía nuclear presenta demasiados riesgos e inconvenientes como para que su supuesta rentabilidad o su muy discutible ausencia de emisiones de CO2, puedan inducirnos a creer que es la solución a algo, sino más bien una fuente inagotable de quebraderos de cabeza.

Y el de los residuos es un gran inconveniente; quizá el mayor, pues supone que las personas que ahora son niños y no pueden opinar siquiera, incluso los aún no nacidos, sufrirán la mayor parte de los inconvenientes, asumirán los mayores riesgos, y pagarán las deudas, sin disfrutar ni una sóla de las supuestas ventajas que -justa o injustamente- representa la energía nuclear.

La energía nuclear es lo que tiene: es “barata” porque no atiende a ninguna clase de justicia social o económica, y porque se socializan los costes incluso intergeneracionalmente.

Un accidene técnico en una central nuclear puede convertirse en catástrofe medioambiental y humana que afecte a un amplio área de muchos kilómetros a la redonda, y no sólo en el municipio o comarca donde se ubica la central (y que se beneficia casi en exclusiva del aluvión de ingresos).

Allí donde se coloque el engendro (perdón, el ATC o almacenamiento temporal centralizado), éste supone un incremento notabilísimo del riesgo al que se somete la población, al concentrarse el almacenamiento de los desechos nucleares de todos los reactores del país en un sólo punto, originado además un importante tráfico de contenedores de basura atómica.

Otra cuestión sobre la que no se oye ni una palabra: ¿por qué no se realizó antes? ¿por qué esperaron a tener la capacidad de las piscinas de las centrales al límite? Pues porque en esto de la energía nuclear (como en tantos otros asuntos) siempre se ha confiado ciegamente en la tecnología y en las fantásticas soluciones que ésta depararía en el futuro; y desde luego también en la suerte.

El “problema” de los residuos se pensaba resolver sobre la marcha. Mientras los reactores ya estuvieran activos, mientras ya iba funcionando el negocio.

Empezaron lanzando bidones al mar. Luego se echaron atrás; no por conciencia, no; sino por las presiones de ecologistas y otros grupos que se opusieron, a menudo arriesgando en ello sus vidas.

Se especuló con estupideces varias, como la de enviar los residuos nucleares al espacio, enterrarlos a gran profundidad (AGP, o almacenamiento geológico profundo), etc. Soluciones que se han mostrado muy poco viables. Y de momento, como a  corto plazo no hay solución, se aplaza una vez más la solución con la chapuza-solución del ATC, que además casi nadie quiere, salvo cuatro pobres desgraciados y ciertos concejales y alcaldes de algunos pocos (poquísimos, afortunadamente) de los municipios más necesitados de “ayuda económica al precio que sea”. Desde luego la crisis facilitará las cosas. Pero aún con todo, es muy significativo que tan pocos municipios se presten a ello.

Para resumir, recordaría unos cuantos puntos, muy brevemente:

  • El ATC es una chapuza (perdón, solución) provisional.
  • Los puestos de trabajo que se destruirán en los alrededores de la instalación serán muy cuantiosos y seguramente superiores a los que generará la instalación.
  • La posibilidad de sufrir un terremoto de alta intensidad -no descartable-.
  • El riesgo de atentados o accidentes en las operaciones de transporte o de manipulación en la descarga de los contenedores
  • La basura nuclear permanecerá peligrosamente activa durante cientos de años.
  • Y claro: “dentro de cien años todos calvos”; pero ahora los bolsillos de algunos a rebosar.
  • Algunos, dentro de cien años (o 500), se cagarán en nosotros y en las madres que nos parieron.

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