Casta Parasitaria

La casta política se cree que se merece lo mejor a pesar de sus nulos méritos. Les gusta creerse la nueva nobleza, si bien cabría decir bajeza por el resultado de sus obras y también por sus flagrantes omisiones en sus deberes. Son los inútiles -y carísimos de mantener- cortesanos de nuestro tiempo.

Ahora se bajan los sueldos para dar ejemplo, pero el problema no es únicamente lo que cobran en sus nóminas -que también- . El problema es el número de cargos políticos, sus consejeros y asistentes, sus dietas, sus viajes, sus coches oficiales, las faltas con sus verdaderas obligaciones, sus caros informes por encargo, etc, etc. En definitiva, su enorme gasto injustificable e injustificado.

Son ellos, los mismos que nos causan vergüenza ajena, los que nos piden apretarnos el cinturón -que remedio nos queda, si en realidad nos lo imponen-, a la vez que ellos sólo toman medidas de puro maquillaje.

Señores: si ellos tienen la desvergüenza suficiente para hacer y decir lo que hacen y dicen, ¿por qué habríamos de permanecer callados nosotros, sus víctimas? ¿Acaso no hemos aguantado ya suficientemente sus errores y mentiras?

Si nosotros, sus sufridos gobernados, cometiéramos una pequeña fracción de sus errores o negligencias en nuestros empleos de empresa privada o en las modestas empresas que administramos miles de ciudadanos, a pesar de cobrar o ingresar también una fracción de sus generosos emolumentos, nos veríamos automáticamente de patitas en la calle o en la quiebra. Muchos de ellos, en cambio, permanecen pegados a sus puestos como garrapatas – agarrados a los privilegios que conllevan- y disfrutaran para siempre de pensiones de lujo, muy por encima de los máximos que la ley impone al resto de mortales.

Ellos están por encima de nosotros; esto es un hecho. Aunque no lo están por su capacidad o virtud. Están por encima porque durante años han ido tejiendo una estructura a su medida, que de paso perpetúe un sistema político pseudo bipartidista, o donde al menos sea muy pero que muy difícil que entre aire fresco. Es un reino de partidos (y de unos pocos), hecho a la medida de los aparatos políticos de los partidos. Un sistema que se resisten –lógicamente- a cambiar.

Esto no es nada que se parezca a la verdadera democracia. ¿o usted cree que sí?

Votar a unos (probablemente aún peores) para eliminar a los otros, y que éstos pasen a la oposición es una miserable e inútil venganza. Mucho mejor que eso es no ir a votar o votar en blanco: porque además eso es lo único consecuente con nuestro estado de ánimo.

Castiguémosles donde de verdad les duele; pasemos de ellos. Y a continuación, cuando los partidos quiebren, recobremos el control de la democracia, que nunca debió caer en manos de los partidos políticos y sí en manos de los ciudadanos.

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