Frugales a la fuerza

Por Alberto Montiel

En estos dias en que se nos conmina a -casi- todos apretarnos el cinturón (un poco más aún) uno se pregunta por qué unos nos lo tenemos que apretar mucho más que otros; cuando precisamente los de cintura ancha parecen tener pocos agujeros en el cinturón (y menos aún disposición a tocarse las hebillas).

Y el motivo por el cual nos lo piden es aún más disparatado e injusto: salvar los bancos que nos han llevado a esta situación ruinosa y pagar las deudas que los estados han contraído para satisfacer los intereses (en el doble sentido de la palabra) de una minoría de financieros.

Si esperamos explicaciones coherentes de quienes negaron la crisis cuando las señales eran ya evidentes ( incluso para los más profanos al críptico lenguaje de los economistas ), más vale que nos pongámos cómodos, porque la espera puede eternizarse. No en vano se negaron aceptar unos hechos que ellos habían contribuido a provocar (y no sólo por omisión).

Ellos, quienes nos ocultaron los hechos y ahora nos piden comprensión (además de nuestro dinero), ahora nos ocultan las posibles soluciones lógicas (que las hay), para así imponernos las soluciones altamente traumáticas de los otros, los que de verdad mandan. Soluciones que no deberíamos aceptar.

Pero el mensaje que los mass media coinciden en presentar (en esto sí hay consenso) induce a creer en la absoluta inevitabilidad del destino y a aceptar nuestra suerte con resignación; tal como la vieja Iglesia Católica pedía antaño aceptación de las pruebas de Dios, que nos harían merecedores del gran premio: el perdón de los pecados y la Vida Eterna.

Claro que entonces, igual que hoy, algunos disfrutaban del privilegio de la bula papal para saltarse tantos sacrificios.

Definitivamente, otros poderes usurparon el papel que antaño cumplía la Iglesia. Los grandes templos de hoy, a los que incluso los más poderosos respetan temerosamente, son los grandes Grupos de inversión, los principales Bancos Centrales y las grandes Agencias de Calificación de Riesgo. Y quienes los dirigen son los sumos sacerdotes de nuestros dias.

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