La seguridad del rebaño

nada es lo que parece

Por Alberto Montiel

La clave de una utópica evolución de la Humanidad posiblemente sería la integración del desarrollo tecnológico con el avance de la inteligencia integral: emocional, social, intuitiva, moral y ecológica.

Esta inteligencia, que supone la comunicación y aprovechamiento pleno de las facultades mentales propias de ambos hemisferios cerebrales (el derecho, imaginativo, intuitivo y capaz de abstracción; con el izquierdo, analítico y secuencial) permitiría que la tecnología no se empleara de forma caótica, egoísta y contraproducente, o que la política no estuviera exclusivamente dedicada a servir a la minoría rica.

Permitiría una economía capaz de administrar y distribuir con justicia las riquezas naturales y artificiales. Una economía verdaderamente sostenible, que no determine la ruina ecológica, basada en un dinero nuevo, posiblemente sin intereses ni inflación.

Esa inteligencia total daría a luz una democracia auténtica, que diera el poder a un pueblo ilustrado, concienciado y libre.

Suena maravillosamente bien, y sin embargo la inteligencia colectiva (algo muy parecido a esa inteligencia integral) ya es una realidad que solo necesita más espacio para su expresión.

La empatía, la intuición, la capacidad de disfrutar de la belleza, de leer el lenguaje de la naturaleza, de sentir amor, etc., solo son posibles sobreponiéndose al miedo. El miedo instintivo y atávico a quedar fuera del grupo, a no poder dar a los hijos todo lo necesario, a la enfermedad y al hambre.

Ellos (ya sabéis quienes) potencian sin disimulo ese temor con frases como “quien no trabaja no come”. Y lo dicen sin rubor, pese a que precisamente trabajar, lo que se dice trabajar, es algo que no se habrán visto obligados a hacer jamás y que por tanto no lo han hecho (han estado ocupados, que es diferente).

Quienes dirigen y se benefician del cruel sistema económico juegan en última instancia con el poder del miedo para obligarnos a seguir siendo engranajes del Tinglado. Prefiere sirvientes dóciles a ciudadanos libres porque estos últimos no le sirven a sus propósitos (hacerse con el máximo poder y riqueza posibles).

Porque comprende que si fuéramos libres no elegiríamos ciertos empleos, para producir mucho más de lo necesario (y quizá nada relacionado con lo necesario), dedicando demasiado tiempo y dosis de frustración, para que alguien al fin pueda consumir también muy por encima de lo necesario, objetos a menudo nada relacionados con las necesidades reales ni con la satisfacción personal, teniendo como fin real enriquecer a unos pocos (cada vez menos) a costa del empobrecimiento y pérdida de libertad de la inmensa mayoría.

El otro gran truco por medio del que se mantiene el Tinglado: mantener la ilusión de libertad y de lo afortunados que somos por vivir inmersos en una salvadora tecnología.

Han logrado someternos a una esclavitud sin cadenas físicas (pero sí psicológicas), pues es mucho más fácil y barato controlar a alguien por su mente que tratando de forzarle por la pura imposición violenta (que se emplea también, pero solo en casos aislados).

Entre la locura del temerario y la cobardía de quien trata de evitar a toda costa el riesgo (la seguridad del borrego en el rebaño), el Hombre Libre siente el miedo pero es capaz de afrontarlo.

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