Ese extraordinario planeta azul

Planeta XXL (el planeta azul)

Planeta XXL (el planeta azul)

Desde Ibexian XXX-5, con amor – Por Alberto Montiel

Fiamm, el joven arqueólogo del planeta Ibexian XXX-5 parecía saber lo que se hacía. Pese a sus escasos 2 siglos (ibexianos) de experiencia trabajando con posibles vestigios de inteligencia en el planeta azul (XXL) y a que sólo había estudiado 8 años sobre su especialidad (el ser bípedo que según sus estrambóticas tesis podría haber dominado en ese espléndido planeta durante miles de años), ya estaba en la pista de una de las más importantes investigaciones de su generación: el descubrimiento de vida inteligente extraplanetaria.

En cuanto inició sus investigaciones acerca de ese feo y raro ser de apariencia tan frágil, tuvo casi de inmediato la sensación de que podría ser el animal inteligente que andaban buscando, pese a las muchas evidencias en contra. Por supuesto, sus colegas se habían reído con ganas cuando les contó la ocurrencia.

Aguerrido guerrero exxeliano fortaleciendo sus extremidades superiores

Aguerrido guerrero exxeliano fortaleciendo sus extremidades superiores

La tesis general era de que no hubiera sido posible que en XXL se hubiera manifestado ninguna forma de vida inteligente, al menos según los términos en que los ibexianos consideraban la inteligencia superior. Sí existieron, en cambio, algunos seres de considerable desarrollo de su sistema nervioso, como algunos primates, aves (loros) y mamíferos acuáticos (delfines). Y entre ellos, el primate que Fiamm consideró como el rey del planeta era el que menos números parecía tener para ser considerado inteligente (no al nivel de un delfín): los individuos bipedos que se autodefinieron como humanos no sabía alimentarse por sí mismos ni defenderse de cualquier animal de su mismo tamaño o incluso mucho más pequeño, entre otras muchas cosas. No había vestigios que indicaran que era capaz de pensamiento abstracto superior, ni comunicarse eficazmente siquiera entre ellos mismos, menos aún con otros seres homínidos o de otras especies. Sin embargo ellos mismos parecían haber dejado constancia de creerse los dueños del planeta; la cumbre de la inteligencia de su bello planeta XXL

Parece ser que creían que su lenguaje simbólico era superior al “lenguaje” directo (comunicación telepática) de los demás seres; creían, también, que sus herramientas tecnológicas eran una manifestación de su desarrollo evolutivo-intelectivo. Descubrir todo eso fue realmente fascinante. Precisamente, uno de los aspectos más insólitos de este especial ser bípedo era que no tenía apenas capacidad de empatía, o solo la manifestaba muy puntualmente. Sus desarrolladas estructuras tecnológicas y culturales servían al propósito de mantener el miedo y la sumisión de unos ejemplares respecto a otros. Los menos numerosos lo organizaban todo de modo tal que los más numerosos servían a los extraños fines que definían los primeros. Era como una colonia de insectos exxelianos, con sus abejas reinas, pero la finalidad no era la procreación controlada de la colonia o especie, sino acumular y controlar unos elementos abstractos con nombres tan variados como dólar, euro, yen, libra… Unos entidades inexistentes fuera de su civilización, pero importantísimas, vitales incluso, dentro de ella.

Esos seres eran considerados despreciables para la mayor parte de arqueólogos galácticos porque dejaron constancia de que frecuentemente se mataban entre ellos (y por supuesto, a las demás especies) para acumular representaciones de esos elementos abstractos, ya sea en forma de un rectángulo de fibras vegetales serigrafiado, o elementos intercambiables como un relativamente escaso metal amarillo inalterable, unas estructuras cristalinas de carbono puro, o -aún más estúpido- un intercambio de bits entre unos primitivos sistemas de computación numérica, que hasta una cría ibexiana -con la sola ayuda de un computador de juguete- hubiera podido borrar, modificar o interceptar a su conveniencia, dejando todos los sistemas de almacenamiento de datos secuestrados.

No era la clase de información que a un arqueólogo, por muy excéntrico que fuera, le indicara una forma de inteligencia superior. Pero Fiamm pudo ver un poco más allá. Pudo ver que los ridículos vertebrados bípedos que se habían autodestruido, llevándose a buena parte de la vida terrestre con ellos, no siempre habían sido los patéticos monos sin pelo ávidos de poder y control a los que sus colegas tanto despreciaban. Hubo más, mucho más. Pero Fiamm probablemente llegaría a saber más de lo que los propios exxelianos de los últimos tiempos sabrían. Porque de haber conocido su verdadera naturaleza no hubiera ocurrido nada de lo que ocurrió.

Fiamm pudo leer entre líneas, entre las ruinas no de la civilización tecnológica, sino de las ruinas pétreas más “primitivas”. Allí encontró vestigios, señales, indicaciones de una vieja civilización, de un ser bípedo realmente superior, unos auténticos hijos de las estrellas, capaces de comunicarse con todos los seres de su mundo físico y posiblemente de otros mundos ocultos a sus sentidos físicos. Un ser que sabía todo lo que necesitaba saber, para el que el tiempo no existía, que no necesitaba lenguaje simbólico (ni matemáticas) ni siquiera necesitaba tratar de manipular la naturaleza mediante sistemas tan burdos como la agricultura o la ganadería. El alimento era puro, al agua y el aire eran puros, sus mentes eran puras. Eran seres sin miedo. No tenían necesidad de luchar por sobrevivir, ni de luchar entre ellos, porque no alimentaban el odio de ningún modo.

Lo que Fiamm descubrió desafiaba las creencias de casi todos los científicos: una civilización superior que no precisaba de tecnología ni lenguaje simbólico, y sin embargo había aspectos de aquel Ser humano “primitivo” que no dejaban de fascinarle; parecían muy superiores a cualquier otra civilización que jamás hubiera imaginado, parecían estar por encima -incluso- de la existencia física, si bien era evidente que vivían en un cuerpo animal. Pero además del cuerpo fisico, parece que hubo algo más; podrían haber tenido un cuerpo más sutil, una manifestación energética que proporcionaba conexión con la Gran Inteligencia cósmica sobre la que ellos, los ibexianos, habían estado conjeturando desde hacía varias generaciones. Por supuesto, los bípedos exxelianos habían tenido muchos dioses a los que adoraron, también dioses únicos, pero eran siempre una sombra de la verdadera inteligencia que se sospechaba que se proyectaba sobre la vastedad de los espacios cósmicos. Podría decirse que desde el desarrollo de la inteligencia derivada del lenguaje simbólico estos seres conscientes ya no eran tan conscientes, y además empezaron a olvidar la comunicación directa. Poco a poco serían más incapaces de comprender.

Por ello, este texto no puede pretender explicar ni tan solo una migaja del gran misterio, si acaso solo indicar que está ahí, y que hubo un tiempo en que ese mundo hoy invisible podía ser explorado, en que los seres conscientes no se sentían solos en el universo. Si alguien recibiera esta comunicación, enviada al etéreo cósmico para tentar la suerte, podría ponerle en resonancia con otros seres que aún conserven una parte, por pequeña que sea, de esa percepción primordial, y quizá puedan hacer algo para impedir ese posible futuro. Si así sucede, yo no te habré enviado nunca este comunicado, pues nada de esto sucederá ya. No en tu universo.

Que tengas dulces sueños

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