Copialo, si te atreves

Según el Génesis, Dios hizo a Adán a partir de un puñado de barro y a Eva a partir de una costilla de Adán. Incluso Él usó algo ya existente para crear algo nuevo, supuestamente su Obra cumbre. Claro que no tuvo que preocuparse por si infringía alguna ley de propiedad intelectual… ni por las reclamaciones.

Tanto un ser como el otro (¿o son lo mismo, en realidad?) pronto fascinaron al Creador por su originalidad… y pronto también se hartaría de sus singularidades y caprichos.

Algún tiempo más tarde, las personas continuamos asombrándonos por lo “nuevo”, lo “diferente” y lo “original”, no obstante fuimos creados a imagen y semejanza del Creador.
Pero nada es radicalmente nuevo ni diferente ni original. ¿o creen que sí?

Quizá toda creación (la humana, al menos) es realmente una “evolución” más o menos progresiva, en la que nuevas combinaciones de partes van volviéndose sucesivamente más complejas.
Tomo como ejemplo el ordenador con el que escribo, aparato complejo por definición, pues computa y ordena océanos de bits.
La máquina en cuestión es una combinación de tecnologías de materiales (aluminio, acero, plásticos, semiconductores, etc.); de conocimientos (sobre electricidad, electrónica, matemáticas, informática); y de desarrollos (hardware, software,… e incluso internet)…

Nadie domina ni una sola de éstas materias por completo; ninguna de estas ramas de la ciencia se desarrolló de la nada (la electrónica evolucionó desde la electricidad y ésta fue posible por el electromagnetismo; la informática desde la física y las matemáticas; etc.). Internet mismo fue el resultado de una serie de ideas y desarrollos de éstas, por lo que no es justo decir que hubo un padre único de internet, ni de ninguna otra materia, en realidad.

Y, sin embargo, es de reconocer -a veces- el gran talento de quienes aportan su visión particular para idear, concebir y desarrollar alguna nueva combinación de elementos con los que obtener una nueva solución a alguna necesidad (y frecuentemente, ya de paso, la propia necesidad). Porque estos creativos tienen el potencial de mejorar las vidas de las personas (además de hacer ganar mucho dinero a los inversores con mejor olfato).

Pero, rastreando las combinaciones de ideas acerca de las propias combinaciones de ideas, se llega a inquietantes conclusiones.
Hoy día -quienes tienen dinero para hacerlo- protegen compulsivamente la propiedad intelectual (de sus nuevas combinaciones de desarrollos). Con lo cual están apropiándose de los esfuerzos de muchas otras personas que trabajaron -¿gratis?- en desarrollar las tecnologías, procesos e ideas en que se basarían estas nuevas combinaciones de tecnologías, procesos e ideas.
Y además de apropiarse y poner precio a todo ello, lo están apartando del alcance y la visión de miles de personas, que podrían encontrar soluciones de mejoras, aplicaciones, combinaciones entre ellas, etc.

Las grandes empresas obtienen la exclusividad en la propiedad de las más valiosas patentes (que intercambian entre ellas, como si fuera un activo cualquiera), pero el ciudadano común sufre el encarecimiento y retraso en la evolución natural de algunas tecnologías que literalmente caen en manos de oligopolios y monopolios, que naturalmente protegerán sus intereses comerciales por encima de otras consideraciones como la excelencia de sus productos y servicios. Y crearán productos eminentemente elitistas, con precios que solo algunos podrán permitirse pagar.

Nos preguntamos -y con razón- desde cuando ésto ha sido así. Y sobre todo, nos preguntamos cómo funcionaban las cosas cuando no había leyes de propiedad intelectual.

Algunos historiadores han estudiado el asunto y han sacado conclusiones sorprendentes.

Recientemente, Eckardt Hoffner comparó la evolución del desarrollo tecnológico de Alemania con sus vecinos franceses e ingleses durante el siglo XIX, periodo en el que se produjeron los inventos que posibilitarían la revolución industrial en Europa.
Pues bien, en dicho periodo Alemania experimentó una explosión sin precedentes del conocimiento, y parece que se debió a la proliferación masiva de libros.
Por ejemplo; en un solo año -1843- se publicaron nada menos que unas 14.000 obras, la mayor parte de ellas eran trabajos académicos. En Inglaterra, en el mismo periodo, 1.000 obras.

Según Hoffner esta diferencia fue debida a los derechos de autor, que en Gran Bretaña entran en escena en 1710, frenando bruscamente la divulgación de nuevo conocimiento en este país.
En Alemania, en cambio, los derechos de autor no se llegarían a “conocer” hasta mucho más tarde.

Al amparo de la legislación inglesa en materia de derechos de autor, las grandes editoriales británicas amasaron fortunas considerables al vender lujosos tomos de ediciones muy limitadas a ricos y nobles. Mientras, en Alemania, parece que fueron el resto de empresas y sectores, y el país entero, quienes prosperaron. También tuvieron éxito algunos editores que supieron publicar ediciones lujosas para clientes ricos y libros económicos para la mayor parte de sus clientes.

Al mismo tiempo que los eruditos alemanes editaban folletos y manuales sobre química, mecánica, ingeniería, óptica, producción de acero, etc., la élite inglesa estaba más interesada en divulgar conocimientos como literatura, filosofía, teología, lenguas e historia.

En fin, esta visión de Hoffner es solo una explicación más, presumiblemente parcial. Por otra parte no estoy seguro de que Alemania tuviera finalmente más “éxito”, considerando que gran parte de sus avances tecnológicos acabarían siendo aplicados en su poderosa maquinaria militar.

Supongo que la postura más sensata está -como siempre- en un punto medio entre los extremos: integrar conocimiento científico y tecnológico y “conocimiento” en humanidades; proteger el valor de las creaciones, pero sin que ello suponga pasar por encima del derecho a acceder al conocimiento.

Copiado de eidonlink.wordpress.com, con el título original “Nuevo, diferente y fascinante”

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