Las dulces mentirijillas de Navidad

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La Navidad es una fecha mágica para los niños (y para algunos adultos también): vacaciones, celebraciones familiares, adornos navideños, regalos, dulces … Lástima que la ilusión no dura mucho para la mayoría; en pocos años los niños averiguan la verdad sobre los regalos, y los demás… quizá algunos años más tarde también llegan a averiguar que el resto de tradiciones se sostienen por la ilusión colectiva y unas cuantas mentirijillas piadosas.

Se dice que uno no recuerda gran cosa de sus primeros 6 ó 7 años de vida, sin embargo, entre los primeros recuerdos que tengo, varios pertenecen a mis primeras navidades, que viví hasta los 6 años de edad en Deutchsland, concretamente en Leverkusen, una ya por entonces moderna ciudad a poca distancia de Kölhn (ciudad famosa por su gran catedral). Más o menos por esa región nació -hace siglos- una de las tradiciones más bonitas -a mi entender- relacionadas con estas fechas-: la de decorar las casas con un abeto. La del árbol es una de las tradiciones de origen pagano: las verdes ramas de los abetos simbolizaban la vida durante el invierno, en el que casi todo el resto de la vegetación parece morir, por lo que alrededor del solsticio de invierno (en el hemisferio Norte) se adornaban las ventanas de las casas con ramas de abetos, por su brillante color verde aún en pleno invierno.

Con el paso del tiempo las ramas fueron sustituidas por árboles enteros, (y cada vez más grandes) y los ricos empezaron a adornar estos bonitos árboles, en señal de opulencia. Por puro esnobismo, los menos ricos empezaron a imitarlos y poco después los menos ricos que los menos ricos también hicieron lo mismo, hasta llegar al día de hoy en que cualquiera puede conseguir un arbolito de plástico de medio metro de alto en un “todo a cien” chino, a veces por menos de lo que vale un par de tabletas de turrón, más una guirnalda de luces LED por otro tanto. Ello ha propiciado una popularización de la tradición, y en la mayoría de las casas los preciosos y aromáticos jóvenes abetos de la Selva Negra han sido sustituidos por plástico en forma -aproximada- de abeto, bien cubierto por adornos de colores estridentes. Afortunadamente, porque de lo contrario no quedaría ni un abeto en toda Europa.

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Casi medio siglo después, aún conservo algunos recuerdos entrañables de las navidades en Alemania: al oír la canción O Tannenbaum (Oh, árbol de Navidad) me viene a la memoria el inconfundible olor a abeto (entonces no eran aún de plástico), las primeras nevadas y mi trineo de madera (que por un par de meses sustituiría la bicicleta). Nada que ver con las siguientes navidades en España; ni aún con los turrones; los villancicos en español, acompañados de la zambomba y el repiqueteo de la botella de anís “El Mono”, me resultaban “raros”. Qué decir de esos Reyes Magos … llegando el último día de vacaciones (si venían de tan lejos como Oriente que hubieran salido antes). La verdad es que no se llegaron a hacer querer con tanta tardanza, por lo que han ido perdiendo muchos puntos frente a Santa Claus, que con su trineo volador y sus ayudantes elfos supera en mucho la velocidad de los camellos y la eficiencia de unos pajes orientales, seguramente mal pagados, y por tanto desmotivados.

Quedaron lejos la Selva Negra y sus abetos y la nieve no volví a verla en mucho tiempo, por lo que al final entendí que mis padres no trajeran a España el trineo entre los muebles y enseres de la mudanza.

Además de que los reyes magos llegaban demasiado tarde, los regalos por entonces eran escasos y modestos, pero eso era lo de menos para los niños. En realidad, sospecho que los juguetes siguen siendo una parte muy poco importante para los más pequeños, pues observo que éstos, tras romper los envoltorios y abrir las cajas, tiran inmediatamente los juguetes a un lado para jugar con las cajas vacías.

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Pasaron los años y me volví un niño preguntón, de los que no se conforma con las respuestas de los adultos. No recuerdo el día que me contaron la verdad sobre quienes traían los regalos, quizá porque por entonces los regalos eran tan modestos que mis padres nunca le quisieron echar la culpa a Santa Claus, y menos aún a Melchor, Gaspar y Baltasar, que tenían poderes mágicos y se supone que cierta influencia con Jesús. Tampoco recuerdo haber creído nunca ni en Conejitos de Pascua ni en ratoncitos Pérez, ni nada parecido. Consecuentemente, casi cincuenta años después, tampoco creo en el resto de las mentirijillas, los cuentos más tradicionales que los adultos se cuentan unos a otros y que muchos simulan creer para no defraudar a nadie o llamar la atención.

Para empezar a desmontar mitos, empezaría contando que la del árbol de Navidad no es la única celebración de origen pagano. La Navidad misma parece basarse (en parte al menos) en algunas especulaciones, Por ejemplo; ¿dónde y Cuándo nació Jesús? Belén o Nazaret? ¿en Diciembre? ¿y por qué un 25? Para los historiadores no hay ninguna evidencia, para muchos ni indicios apenas. Lo que sí hay es una coincidencia con las celebraciones de los primeros siglos de Cristianismo con las fiestas de las Saturnales (un híbrido entre carnaval y navidades, de 7 días de juerga continua), que se remataban el día 25 con la celebración de “Sol Invicto”, unos pocos días después del solsticio de invierno.

Sobre los Reyes Magos o Sabios de Oriente, y la estrella que los guió hasta Belén, tampoco nos ponemos de acuerdo. Hay quien cuenta que fueron 4 sabios, o incluso que no existieron o que simplemente no se presentaron en Belén con Oro, Incienso y Mirra. En cualquier caso, con Papa Noel (o Santa Claus, o San Nicolás o el Viejito Pascuero, etc.) ya hubiéramos tenido suficiente. Además, éstos son ayudados por los elfos, y en algunos países por los Kramers, unos terroríficos seres medio demonios, medio cabras, que atemorizaban a los niños que se portaban mal con algo peor que traerles carbón.

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Si queremos unas Navidades tradicionales nada como España, ese país que ni los españoles acabamos de entender del todo. Las navidades de España tienen un sabor especial: además de villancicos muy sui generis, belenes, turrones y mazapanes, zambombas y botellas de anís, eran solo el principio. En Catalunya, uno de los países que hay dentro de ese otro país que empezó a conocerse como Hispania, sus tradiciones navideñas presentan algunas curiosidades dignas de ser contadas. Una de éstas es la tradición del caga-tió. Consiste éste en un tronco de pino con patas y cara, cubierto por la tradicional barretina (boina del pagés o campesino). El caga-tió se cubre con una manta y se “engorda” durante días con el fín de que los pequeños de la casa y sus primos o amigos lo inciten a cagar (chuches y regalitos) a base de molerlo a palos entre todos. En efecto, el caga-tió acaba cagándose, no sé si de miedo por los estacazos de los entusiasmados críos o por el atracón de turrones caducados que se da durante los días previos (los de yema de huevo del año anterior).

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Otra escatológica tradición catalana es la de añadir al belén una figurita de una persona defecando acuclillada, con las heces perfectamente representadas, para que no haya lugar a confusión sobre el motivo de los pantalones bajados y las nalgas al aire. Se conoce a esta figura como “el caganer” (que podría traducirse como “el cagón”). Tradicionalmente también era un campesino con barretina y fajín pero hoy día suelen ser personajes populares, a veces muy populares, que se colocan en lugares bien visibles del ecléctico belén.

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Lo más curioso de las tradiciones españolas es que no se sustituye nada, sino que se añade: los afortunados niños de Catalunya reciben regalitos del caga-tió, un poco después de Papá Noel, y muchos acaban rematando las fiestas con los Reyes Magos. Igual que se añade Hallowen a todos los Santos, e incluso imitamos el popular Black Friday usamericano (sin necesidad del día de Acción de Gracias, claro), el caso es tener excusas para la fiesta y el dispendio.

No menos tradicionales son las comilonas en familia o las consabidas cenas de Navidad de la empresa, tradición esta última basada en unas mentiras más complejas que las de la existencia de los Reyes Magos: que entre los compañeros de trabajo reina la camaradería, algo tan cierto como que la relación entre jefes y empleados es una relación basada en el respeto a las competencias profesionales, o que el trabajo en equipo tiene posibilidades de ser algo productivo en el seno de una empresa convencional.

Afortunadamente, la paga extra y el alcohol extra son capaces de suavizar las “aristas” surgidas entre compañeros de trabajo e incluso entre jefes y empleados. Sin embargo, a este respecto, la cesta de navidad suele ser a menudo más motivo de queja que de alegría, y nunca resulta al gusto de todos. Por otra parte, a la cena de empresa se suele acudir por la misma clase de motivación por lo que se compran algunas participaciones de la famosa Lotería Nacional de Navidad: no quedarse solo: “Mira que si toca y soy el único que no jugó” vs “No quiero que los jefes vean que soy el único del departamento que no fui a la cena”

Para rematar las tradiciones, la celebración del Fin de Año, prácticamente nos obliga a atragantarnos con las también tradicionales doce uvas a ritmo de unas casi frenéticas e imprevisibles campanadas. Pero algo que resultaría insufrible para muchos (entre los que me incluyo) resulta bastante más llevadero gracias a los efectos de un fabuloso invento catalán conocido como Cava, que también se ha vuelto tradición. Afortunadamente sólo el Año Nuevo se celebra así, ni la Semana Nueva ni el Mes Nuevo han alcanzado -ni de lejos- ese nivel de popularidad.

Otra tradición, más íntima y universal, y ya no tanto navideña, sino de fin de año, es la de los “propósitos” del Año Nuevo, los cuales es mejor no apuntar en ningún lado, para no deprimirse pocas semanas o días después.  Pero como no predico con el ejemplo, notifico públicamente que este año me propongo tratar de disfrutar de las cosas pequeñas sin esperar tanto de las grandes, aprender de mis errores (pasados), atreverme a hacer algunas cosas nuevas y emocionantes y tratar de seguir haciendo las cosas buenas que ya hago. Espero que estos propósitos no acaben siendo mentirijillas bienintencionadas que uno se cuenta a sí mismo.

¡Felices fiestas!

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