La importancia de Quién lo dijo.

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El reciente fallecimiento de un familiar cercano, que fue monja durante buena parte de su vida, me ha traído ciertos recuerdos. Además de recordar las visitas a los conventos en los que mi tía era Madre superiora, a veces antiguos colegios que en verano eran para mi imaginación un castillo deshabitado, otras veces eran -realmente- un viejo palacete en el casco antiguo de un pueblo histórico, recuerdo especialmente sus comentarios en tono de humor fino y su uso constante de viejos dichos castellanos, ya casi en desuso por entonces.

Pero lo que me ha hecho ponerme a escribir fueron otros dos recuerdos.

En una visita suya a la casa de mis padres, cuando contaba yo entre 18 y 20 años mi tía me sorprensió leyendo un libro -al parecer- poco edificante, concretamente acerca de la orden -secreta- de los Rosacruces. Me preguntó, con tono evidentemente molesto, de dónde había sacado ese libro y por qué leía algo así. Recuerdo que no comprendí su reacción, más comprensible si me hubiera encontrado con una revista pornográfica en las manos. La verdad es que no había avanzado mucho en la lectura del libro y por ello aún comprendí menos su reacción. En cualquier caso, no me aclaró que tenía de malo ese libro, y como nunca he sido muy amigo de conflictos, menos aún con familiares, le contesté que solo me había parecido un tema interesante desde el punto de vista “histórico” y dejé el libro en la estantería, para esperar a que no estuviera en casa para continuar la lectura. Una vez regresó al pueblo, ya libre de potenciales censuras, busqué el libro en la estantería pero ya no estaba donde lo dejé, ni en ningún otro sitio. Parece que fui víctima de la censura religiosa de un modo muy directo y personal.

En otra ocasión mi tía vino de visita acompañada de un sobrino, primo mío. Sobre esto mi recuerdo es más vago: estábamos los tres en la terraza de la casa de mis padres, mi primo medio taciturno, absorto en sus pensamientos. No recuerdo de que forma, desde un comentario fortuito, aparenemente casual; creo que debí comentar algo que acababa de leer, acerca de la homosexualidad, que se había descubierto que en el reino animal en general la homosexualidad era realtivamente frecuente, podría ser. Ante la mención del tabú, mi tía reaccionó con una sentencia tan repentina como contundente, diciendo algo así como que “eso” era una aberración, algo totalmente antinatural. En mi perplejidad, apenas balbuceé una respuesta, alegando -torpemente supongo- que quizá no era algo tan rato al fin, y que quizá con el tiempo acabaría reconociéndose como algo prácticamente normal. Ella insistió en su naturaleza anormal y pecaminosa y ahí acabó mi triste argumentación. Mi primo, al cabo de un rato, cuando ella había entrado a la casa, me dijo que no olvidara que era monja y que no le diera más vueltas, pero me pareció que él estaba más molesto que yo, por algún motivo que entonces no comprendí.

Algunos años antes de aquellos “encuentros” con mi tía, tuve otra “rara” conversación con otra persona religiosa. Sucedió unas semanas antes de recibir el sacramento de la confirmación (tendría unos 15 años, creo); una tarde tuve un fugaz intercambio de pareceres con el sacerdote que nos preparaba para recibir la confirmación. Hacía tiempo que tenía bastantes dudas sobre los asuntos de la fe, pero me veía incapaz de exponerlo tan abiertamente como hubiera deseado, por lo que hice una sola observación, en esa sola ocasión, creo que tratando de conciliar mis dudas con lo poco que ya quedaba de mi “fe”. Recuerdo con relativa precisión haber dicho algo así como que yo creía que lo más importante, después de todo, debía ser la validez del “mensaje”, y no tanto quién lo dijera, es decir, cual era realmente la naturaleza de quien enunció las palabras y enseñanzas sagradas, o dio ejemplo con sus actos. Recuerdo también su firme respuesta, contradiciendo radicalmente mi humilde opinión de adolescente inseguro, que fue algo muy aproximado a ésto: “Toda nuestra Fe se sustenta en que quien nos dio estas enseñanzas era (-nada menos-) que el Hijo de Dios. Si no las hubiera pronunciado Él todo “esto”, y la propia Iglesia, no tendría sentido.” Quedé impactado, aunque quizá no debiera haber esperado otra respuesta muy distinta de un sacerdote, por muy progresista y abierto que me pareciera.

Han pasado cerca de 40 años desde que recibí la Confirmación (con demasiadas dudas), y sigo creyendo -puede que ingenuamente- que algunas ideas son “universales” y están por encima de la importancia de quien las afirma, y que estas “verdades” no debería necesitar ser pronunciadas por nadie con gran autoridad para que fueran reconocidas como valiosas e importantes. Sin embargo, a diario, vemos pruebas de lo contrario: la gente se vale de su posición y títulos para afirmar cosas que son a menudo ideas infundadas, o fundadas mayoritariamente por prejuicios, y por el otro lado, las personas que las oyen suele creerlas más por la autoridad y posición de quien las afirma, incluso la vehemencia del tono utilizado, o la elegancia de trajes y corbatas, o incluso la riqueza acumulada, que por la “calidad” de la argumentación.

Si sé algo es que vivimos en un mundo de apariencias, en el que la mayoría todavía parece preferir ser engañados a diario, siempre y cuando vivir en la mentira suponga alguna ventaja.

“No creas en algo simplemente porque lo has escuchado.
No creas en algo simplemente porque muchos lo dicen y se rumorea.
No creas en algo simplemente porque se encuentra escrito en tus libros religiosos.
No creas en algo simplemente por la autoridad de tus maestros y ancianos.
No creas en las tradiciones solamente porque han sido transmitidas por generaciones.

Más bien, después de la observación y el análisis, cuando te encuentres con algo que está de acuerdo con la razón y conduce al bien y al beneficio de todos y cada uno, entonces acéptalo y vive conforme a ello.”

Gautama Buddha

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