Demos gracias a la democracia

 

Año 2017. Las personas de todo el mundo pueden estar en contacto en tiempo real, a coste prácticamente cero, Un teléfono celular común tiene hoy tanta capacidad de procesamiento como los ordenadores de sobremesa de finales del siglo XX. Las enciclopedias universales han sido sustituidas por una versión online multidioma, actualizada diariamente y gratuita. (… y todo eso la mayoría lo aprovecha para leer sobre banalidades y curiosear en redes sociales).

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Los automóviles, nuevos de algunos países, serán en muy pocos años todos eléctricos; más aún, algunos modelos muy pronto ya no precisarán de conducción humana; a día de hoy ya hay camiones y coches capaces de tomar el control de forma automática. La producción agrícola (transformación aparte) de países como los Estados Unidos de América requieren del trabajo de tan solo un 1,5% de su población (industria manufacturera, minería y construcción requiere un 10%). Los viajes en avión son relativamente económicos y de acceso relativamente popular. Los satélites artificiales permiten cartografiar en detalle el planeta, poner en comunicación instantánea todos los continentes y ubicar con precisión un automóvil o teléfono celular. La traducción automática de un idioma a otro ya es una realidad que cada día se perfecciona más. Podemos dictar un texto a nuestro teléfono móvil a más velocidad -y con menos errores- de lo que los ejecutivos más enérgicos de los 80 lo dictaban a su secretaria experta en mecanografía. Las tecnologías de captación de energías renovables, como la eólica y la solar, están dejando atrás a las tecnologías más convencionales, tanto en rentabilidad como en fiabilidad. Ya se ha construido un edificio de más de 800 metros de altura, el Burj Khalifa, de Dubai, y para 2020 está previsto inaugurar el primer edificio de más de un kilómetro de altura, el Jeddah Tower, en la ciudad de Arabia Saudí del mismo nombre.

Al mismo tiempo, en muchos países del mundo, las cifras de pobreza se mantienen estables o incluso empeoran, el hambre que sufren cientos de millones de personas sigue siendo una vergonzosa realidad y las cifras de enfermedades crónicas, muertes prematuras y suicidios van al alza incluso en los países más desarrollados y entre las personas de ingresos medios, entre ciudadanos que tienen sus necesidades básicas más que resueltas. El riesgo de una guerra “definitiva” no acaba de desaparecer, sino que -al contrario- se multiplican las tecnologías capaces de llevarla a cabo. La corrupción política sigue siendo un problema de primer orden, común incluso en las más “avanzadas” democracias del mundo. La educación, salvo muy escasas excepciones, no es apenas más que un sistema perverso que prepara al ciudadano para una vida monótona de servicio, a través del cual adquiere las habilidades necesarias para los trabajos complejos que requieren las empresas de hoy, pero dejando de lado la formación en habilidades tan importantes (tanto a nivel personal como para la comunidad) como el pensamiento crítico y creativo.

Como especie, los humanos parecemos incapaces de obtener un beneficio real de nuestros conocimientos científico-tecnológicos. Deberíamos plantearnos cuanto de ello se lo debemos a las formas de gobierno vigentes, aún ancladas en modelos con siglos de antigüedad, en las que el ejercicio del poder depende de poderes estratégicos como el financiero o el complejo industrial-militar.

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Jueces internacionales con peluca, siglo XXI

 

Hoy día aún existen más de 40 países con diversas formas de monarquía, con más o menos poder “real”. En la mayoría de países de la vieja Europa puede que sean más una figura simbólica que un poder efectivo, pero, folclore aparte, la democracia supuestamente heredada de los antiguos griegos hace poco honor al significado de su nombre (el gobierno del pueblo). Los ideales democráticos parecen haber inspirado tan solo algunas formulas de gobierno complejas pero ineficientes, que pretenden simular lo que no son. Sin embargo, la persuasiva propaganda parece haber surtido efecto, en cuanto a que se ha mantenido la ilusión y la esperanza de mejoras, que en realidad han sido pequeñas e incluso insignificantes, y a menudo se mantienen un corto período de tiempo para volver a desaparecer.

Y todo esto, pese al enorme y creciente conocimiento acumulado. ¿Como puede estar sucediendo?

La explicación de los “errores” del sistema sería tan larga y compleja que correríamos el riesgo de seguir sin acabar sin entender lo que ocurre.

Démosle la vuelta al asunto y sigamos el hilo del “sentido común”. Cuando algo no funciona por demasiado tiempo es por alguna razón: está mal diseñado o bien alguien no quiere que funcione. En este caso, tras una observación de los hechos, no es difícil advertir que los sistemas de organización económico-social ciertamente no funcionan para la mayoría pero sí parecen funcionar – en cierto modo- para una minoría, la que está situada en la cima del sistema económico. Es muy fácil verlo en el caso de la justicia; un ciudadano común no puede normalmente permitirse el lujo de demandar a alguien que le está perjudicando de alguna forma que no esté tipificada claramente. Una gran corporación sí podrá hacerlo,incluso en los casos más inverosímiles, y en ciertas ocasiones incluso cuando sean los gobiernos quienes perjudiquen sus intereses, aunque las corporaciones disponen también de otros mecanismos más efectivos y rápidos para hacer valer sus intereses.

Los gobiernos actuales suelen ser ineficaces porque los mecanismos de control están muy anticuados y son groseros (muy poco precisos). Se basan en apreciaciones bastas y en respuestas lentas y poco eficaces. Para intentar entenderlo mejor, comparemos un modelo de control típico con un sistema socio-económico. El bucle de control -o lazo de regulación-, consta de una parte que detecta el “error” o desviación respecto a los valores ideales (parámetros económicos o sociales). Cuando “mide” esa desviación, ejerce un control mediante unos mecanismos “actuadores”. Este control ha de ser lo suficientemente rápido, pero proporcional a la intensidad de la desviación, ni más ni menos. Es decir, que para que sea efectivo, la precisión y sensibilidad de la medición (conocimiento de la evolución de los parámetros) ha de ser suficiente, y la potencia del control proporcional a la “desviación”. La parte más crítica y compleja del control son las ecuaciones que definen la respuesta en función de las variaciones de los parámetros. Los economistas normalmente se encargan de su parte (los cálculos) con cierto rigor científico, pero eso no importa mucho, porque las respuestas al final no estarán apenas guiadas por algún sistema basado en matemáticas, sino regidas por factores políticos de corto plazo, como los períodos legislativos y los intereses concretos de los partidos (además de factores puramente emocionales), por lo que las respuestas a los “errores” suelen ser inadecuadas e ineficaces, a menudo contradictorias y en el mejor de los casos, prácticamente inútiles. Podríamos perfectamente decir que el sistema es caótico, y que no proporciona apenas un burdo control de los factores. Pero podría no ser lo que aparenta. Quizá todo funciona como algunos esperan que funcione, a otro nivel. El Caos podría no ser otra cosa que el caldo de cultivo necesario para llevar a cabo las adaptaciones necesarias de un sistema oculto, que precisa de cierta “oscuridad” para poner en práctica sus planes. Podría suceder que los verdaderos protagonistas de la historia están fuera de la luz de los focos, no se mencionen en los titulares de los noticiarios, y se se encuentren muy por encima de los que toman las decisiones visibles.

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House of Cards, casi una retrato de la democracia moderna

 

Se ha creado un escenario vistoso, con unas reglas de juego complejas que garantizan un espectáculo muy ameno, en el que los jugadores creen -casi siempre- no estar jugando sino experimentando algo “auténtico” y apasionante. Los jugadores-actores invierten en ello todo su talento y mucha energía. Sin embargo esa abundante energía mental se disipa inútilmente en la estrategia necesaria para alcanzar el poder y conservarlo, y poca energía se transforma finalmente en algo de provecho general.

La necesaria estabilidad mínima, característica de un modelo de control, no se da apenas en los actuales sistemas socio-económicos. Los parámetros sufren continuamente altibajos (oscilaciones bruscas) que socavan la ya escasa fiabilidad en el sistema. Sin embargo, se nos ha convencido de que son males menores, un precio a pagar por los demás beneficios del modelo. ¿y cuales son estos?: La libertad, que ofrece la posibilidad, al menos teórica, de cambiar las cosas, inclusive cambiar de gobierno, o subir de estrato social en función de una -también más teórica que real- meritocracia. Por supuesto, siempre será mejor un sistema inestable (pero con niveles de desorden asumibles) que otro cuya estabilidad se logra mediante la fuerza bruta, dejando los niveles de libertad individual en rangos muy bajos.

Un modelo de gobierno sensato cumplirá con cierto compromiso y equilibrio entre libertades y deberes de la ciudadanía. No todos quieren lo mismo, pero hay ciertas cosas en las que la mayoría sí podría estar de acuerdo.

Un “modelo social” ha de controlar múltiples parámetros conectados (distribución de recursos, dinero, empleo, seguridad, paz social, salud, desarrollo, bienestar social, etc.).

¿Podría plantearse una forma de gobierno fundamentalmente nueva, más acorde con el ideal democrático, pero que también obtenga ventaja de los avances tecnológicos de nTIC, que pueden propiciar una mayor participación ciudadana, decisiones más reflexivas, y mayor conocimiento de los mecanismos económico-sociales?

El Problema (principal) de las “democracias” representativas parece ser, incluso si dejamos al margen las consideraciones sobre las presiones de los financiadores de campañas políticas y el lobismo empresarial, que las decisiones -idealmente- son impulsadas por los líderes y representantes de los partidos políticos, es decir, por un puñado de personas. Y el problema es, por supuesto, que es muy poca gente y muy poco tiempo como para poder tomar buenas decisiones, porque el mundo es enormemente complejo, todo está relacionado en mayor o menor medida, y todo cambia muy rápido. Aun con un número de parlamentos mucho mayor, y aun disponiendo de un regimiento de consejeros expertos (suponiendo que hubiera “expertos” sobre los temas verdaderamente nuevos y críticos) seguiría siendo, de lejos, insuficiente para tomar decisiones válidas en muchas de las complejas circunstancias que se dan hoy. Sin embargo, el talento político parece consistir, sobre todo, en tomar decisiones rápidas y rentables políticamente, y defenderlas a toda costa, aunque resulten contrarias al interés general, ya desde el principio.

Otro problema asociado a la percepción de la realidad social, es que las decisiones deberían tomarse en base a un análisis difuso, no binario. Es decir, considerando que las cosas no son blancas o negras, ni las personas se encuadran fácilmente en conservadoras o progresistas, sino que existe un enorme abanico de posibilidades intermedias, entremezcladas, y a menudo poco claras. El bipartidismo, en particular, y la política de partidos, en general, parecen más un juego “deportivo” de equipos que una estrategia basada en el sentido común. Cada decisión o planteamiento tiene múltiples facetas; por lo que las soluciones a los problemas serán multi-dimensionales. Dos únicas posturas políticas que abarquen todos los temas, un único líder que defienda las posturas del único partido que acceda al poder; todo esto suena a sistema diseñado para alimentar el caos continuo, la confusión y la ineficacia.

¿Que otras opciones hay? Entre las varias posibilidades, una de ellas sería una forma de gobierno “distribuido”, que reparta la toma de decisiones entre unidades menores, más cercanas a los “procesos”, por tanto más rápidas; un sistema más seguro y que suma una mayor “potencia de control” que un sistema centralizado.

¿Cuales podrían ser las unidades de gobierno distribuidas? Podrían constituirse en torno a las ciudades principales y las agrupaciones de núcleos de poblaciones menores, que gestionaran de forma bastante autónoma buena parte de los “parámetros”, inclusive algunos que son a día de hoy muy intervenidos por legislaciones de ámbito nacional, como la educación, la salud, o las políticas de comunicaciones.

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Judge Dredd

 

Algunos sistemas aún se deberían mantener centralizados: probablemente una parte de seguridad y defensa, pero supeditada -también- a las decisiones de los controles distribuidos; también el comercio internacional, y las disposiciones legales en materia de propiedad intelectual podrían ser casos concretos. La postura más sabia estará en algún punto intermedio entre los extremos (de la centralidad total o la autonomía total).

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