Conflicto diplomático en el Toilet

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Desde muy joven me preguntaba por el porqué de las guerras. Pero, ¿que son las guerras? Podría decirse que son el resultado de la incapacidad de resolver los conflictos entre grupos (paises, facciones o tribus) por la vía diplomática; de lo que deriva un enfrentamiento entre fuerzas o bandos armados. Y, ¿por qué hay conflictos armados entre naciones? Quizá por el egoísmo, que impide valorar las necesidades del vecino si éstas compiten con las necesidades propias. Si hay un único pozo de agua en medio de dos poblados, será necesario repartir de forma muy justa y equilibrada la producción del pozo. Si el pozo no da para las necesidades de ambos grupos o las necesidades de ambos crecen desigualmente, las negociaciones del reparto se van, seguramente, a complicar mucho.

Pero no siempre está tan claro el origen de los conflictos. A veces no se trata de recursos, sino de una total falta de comprensión del punto de vista ajeno. Es el caso de las guerras de religión del pasado (y podría serlo otra vez en el futuro). En estos casos surgen las tensiones cuando uno trata de imponer su visión (o fe) sobre el otro. Para evitarlos, tendríamos que reconocer que no se debería tratar de imponer una creencia sobre otra. De acuerdo, vale, pero ¿que pasa cuando para unos es a todas luces absurda y dañina la creencia de los otros? ¿O cuando es una insignificante minoría la que defiende ese exótico y peligroso punto de vista? ¿Se debe callar o tratar de ignorar siempre ante la “locura” del otro? Aparentemente solo hay dos vías de solución: callar y aguantar, o destrozar la creencia del vecino. La segunda opción es mucho más tentadora, sobre todo para el que está absolutamente convencido de tener la razón de su lado.

Entramos con esto en el tema del relativismo; ¿Podrían los dos tener razón? A veces cabe esa posibilidad, pero normalmente uno suele estar (más) equivocado que el otro. Entonces, ¿hay que negociar? Depende. Hay casos en que no debería negociarse (¿jamás?), si el daño de aceptar una mentira o injusticia es mayor que el daño de imponer el punto de vista (más sensato o justo); en tales casos parece incluso “razonable” imponer por la fuerza una posición, sin negociación que valga.

Por ejemplo, podría ser el caso de una guerra para eliminar la esclavitud. La guerra es nefasta, no cabe duda, pero quizá en algún caso podría ser honrosa o beneficiosa para la mayoría, si es por una causa justa, como podría ser la liberación de millones de esclavos de sus penosas condiciones.

Poniendo otro ejemplo menos dramático (más de andar por casa); ¿debe uno callarse ante un agravio repetido y sobre el que no le cabe duda de su naturaleza? Un hijo adolescente o cónyuge que falta al respeto y ofende a sus padres o pareja, respectivamente; si esto pasa de ser algo puntual a algo frecuente, ¿debería el amor paternal o conyugal prevalecer incluso en estos casos? Pues llegado a cierto punto de intensidad y frecuencia podría parecer que el amor empieza gradualmente a convertirse en ceguera y estupidez. Un ejemplo extremo es el caso de las madres que defienden a sus hijos ante la evidencia de que son delincuentes reincidentes; ellas les “comprenden”, porque los han llevado en sus entrañas y les aman de un modo muy poco racional (quizá el amor siempre es irracional, después de todo). También sería parecido el caso de quienes llegan a comprender tanto las circunstancias de su propio secuestrador que ya una vez libres los defienden (Síndrome de Estocolmo). No es algo tan extraordinario, pues, despés de todo, comprender es el paso previo a perdonar. Otras veces, comprender es el paso previo a dejar de estar enamorado, pues al comprender abres los ojos por fin.

En ambos casos, el resultado de comprender es positivo, porque escapas de esa zona de ignorancia, que a veces alimenta el odio y otras veces alimenta un amor absurdo o dañino. Comprender es normalmente el resultado de pensar mejor, más reflexivamente. No comprender que una situación está incubando un conflicto es el inicio real del conflicto.

Estas reflexiones derivaron parcialmente de mi experiencia en un solo día de septiembre de 2015, tras una visita turística a la ONU de Nueva York, y una cena informal, ese mismo día, en la misma ciudad. No fueron el resultado de leer los papeles que traje de la ONU, ni inspirados por la contemplación de las significativas esculturas allí expuestas; fue más bien el resultado de dos conflictos reales en los que me vi involucrado en primera persona, que podrían haberse evitado perfectamente.

El primero tuvo lugar en el edificio de la ONU, donde se exponen, en grabados de bronce y placas de mármol, principios universales de concordia y paz mundiales. Estaba intentando encontrar un baño (WC, toilette) desde hacía un buen rato, y después de preguntar a un guardia de seguridad a dónde ir, me dirigí a los únicos que había disponibles, que eran los de la cafetería, en el nivel del sótano. Su acceso estaba obstaculizado por una señal amarilla, que indicaba que estaban limpiándolos.

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Decidí hacer tiempo en las cercanías, visitando la librería que había casi enfrente, y pasados unos veinte minutos, decidí volver a los lavabos (toilettes). Doblé la esquina ya con cierta urgencia, pues con la espera se habían incrementado aún más las ganas de orinar. Para mi frustración, allí seguía el cartel amarillo, aunque esta vez apartado a un lado, por lo que no estaba claro si se podía ya pasar o no. Como no había otros baños a la vista en toda la planta baja, salvo los de señoras, entré de todos modos, pensando que quizá ya estaban libres. Pero no fue así, y el empleado de la limpieza apareció gritándome con bastante mal talante que saliera de allí, lo cual hice sin rechistar pero algo asombrado de que nada menos que en la ONU tuvieran personal tan grosero y tan mal organizado, al mantener los baños cerrados en un día de tanta concurrencia, cuando podría haber trabajado por secciones, sin necesidad de cerrarlo completamente, impidiendo el paso a los visitantes de esa tarde de sabado. Apenas salí vi como unos japoneses, de mediana edad, daban la vuelta sobre sus talones, por segunda vez, pues ya los había visto antes allí.

En reacción a la actitud del empleado de la limpieza, decidí no contribuir a evitar un conflicto potencial cuando vi a un tipo fornido y de unos dos metros de estatura, cara de pocos amigos y evidente urgencia, dirigirse a la puerta del baño; no hice nada por advertirle, sino que me quedé a observar. Oí los mismos gritos del maleducado (y también imprudente) empleado, que fueron respondidos enérgicamente por el gigantón, tras lo cual no salió del baño, por lo cual deduje que el otro se había tenido que tragar su malestar (por unas pisadas más para fregar) y dejar acceder al apurado grandullón. Al rato abrió y los que estábamos esperando, ya algo molestos, pudimos acceder y descargar nuestras hinchadas vejigas.

Ante este incidente (que ahora lo recuerdo gracioso) uno se asombra de lo fácil que hubiera sido evitar el malestar de al menos una docena de personas, si la empresa de la limpieza tuviera normas claras y lógicas respecto al procedimiento y horarios para limpiar los lavabos. El pensamiento reflexivo, ya sea del empleado o de sus jefes, podría evitar posibles conflictos con usuarios fornidos y apurados, así como molestias a muchas personas.

El otro conflicto también tuvo relación con los fluidos y la reacción del organismo; en este caso el detonante fueron dos copas de vino con las que acompañé la cena, que actuaron como un suero de la verdad ante un conflicto, primero entre mi ego y mi capacidad de ser prudente, mermada por el efecto del alcohol (al que no estoy muy acostumbrado). Aquella noche no me callé ante lo que yo interpreté como un manifestación de tozudez, que en otras ocasiones hubiera aguantado estoicamente. Quizá porque la situación no era ni la primera ni la segunda vez que se daba con la misma persona, no toda la culpa fue de la inhibición de la prudencia por el efecto del alcohol.

El conflicto se produjo por la acumulación de pequeños “agravios” previos, provocado por una de esas personas con una insana afición a llevar la contraria en casi todo. Normalmente uno espera que como mínimo el interlocutor trate de entender lo que uno dice, pero hay gente que siendo inteligente, anula esta virtud porque también es orgullosa hasta el extremo. De algunas cosas todavía podrían aprender algo, pero estas personas parecen creer que lo saben ya todo; casi nunca reconocen un error de buena gana, anteponiendo todo tipo de excusas o justificaciones.

Durante aquella cena se dieron las condiciones de “tormenta perfecta”: una tarde de desencuentros (el de la ONU no fue el único), dos copas de vino y una conversación en la que salio a relucir -otra vez- la tozudez pertinaz de este joven interlocutor. Esta vez no me callé, ni aún cuando había otras personas delante, y levanté la voz en estado de claro enojo, en una reacción visceral que parece un absurdo intento de reforzar los argumentos con el tono de voz. Después me arrepentí de lo que dije, y sobre todo de cómo lo dije, pero no tanto porque pensara que erré en mis apreciaciones, sino porque no creía que hubieran servido de nada. Además, después de aquella inútil discusión, todos nos sentíamos algo incómodos.

Me pregunto, también, si a pesar de lo dañinos que pueden ser los conflictos, siempre sea mejor evitarlos indefinidamente. Quizá en algunas ocasiones son relativamente positivos, aunque sean desagradables al principio.

A veces las personas han de seguir su camino, cada uno por su lado; es el método más seguro para evitar futuros conflictos. Pero los países (y las personas, muy a menudo) están condenadas a entenderse, porque no puedes desaparecer -sin más- del radio de acción de los demás. Una lástima.

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