Murphy y sus cisnes negros

Por Alberto Montiel

Quizá dentro de unos meses, y si la catástrofe de Fukushima no va a peor (lo cual dudo mucho), leamos en los medios de comunicación los viejos eslóganes de siempre en defensa del uso de la energía nuclear: ahora no podemos permitirnos prescindir de ninguna fuente de energía; no podemos volver hacia atrás, se ha de asumir un cierto riesgo para avanzar, las energías renovables no son suficientes, etc. (la bazofia propagandística usual)

¿hay algo de cierto en estos eslóganes? Nein. En absoluto.

Por ejemplo: No podemos prescindir de ninguna fuente de energía.    -¿Ah, no? Y ¿por qué?-

Empecemos por algo simple: las medidas de ahorro y eficiencia energética aún no se han aplicado en todo su potencial. Si lo hiciéramos se podría reducir la energía eléctrica consumida como mínimo un 10% adicional. En el sector doméstico y de servicios existe un importante potencial de ahorro; por ejemplo, los sistemas district heating aún son desconocidos en la mayor parte de los países. Los autores de Factor 4 explicaron hace años en detalle como producir más con lo mismo, y sobre todo cómo financiarlo. Por otra parte, también se podría mejorar la eficiencia en la propia producción de energía, por ejemplo implementando sistemas de repowering a ciclo combinado de las viejas centrales térmicas O innovando en la industria con tecnologías de recliclaje energético como el ciclo Kalina o las bombas de calor de absorción.

En segundo lugar, pero no menos importante, para eliminar las más inseguras y medioambientalmente dañinas fuentes energéticas se deben reforzar y aprovechar mejor algunas de las conocidas que queramos conservar, al tiempo que se innova con tecnologías y combinaciones de éstas adaptadas a las necesidades actuales. En este sentido, admitiremos que  la energía termosolar tiene un gran potencial de desarrollo, quizá comparable al que hemos visto con la eólica en la última década. La energía termosolar se fundamenta en varias tecnologías entre las que destacarían las centrales de torre, los colectores cilindro-parabólicos y los concentradores de disco con motor Stirling. Cada una de ellas presenta particularidades que la hacen más o menos apta en función de las características –también financieras- de cada proyecto. Pero destacaría una en particular; se están dando avances importantes en la tecnología de acumulación de energía, de tal manera que se puede prácticamente producir energía eléctrica incluso durante buena parte de las horas nocturnas a partir de la energía solar captada (evidentemente durante el día).  Enlazando el crítico asunto de la discontinuidad  de la producción eléctrica mediante renovables, quiero recordar que se están produciendo avances significativos en la búsqueda de otras tecnologías de acumulación, por ejemplo produciendo hidrógeno a partir de la energía eléctrica de los aerogeneradores.  Estoy convencido de que si estas investigaciones recibieran el impulso que merecen, en lugar de invertir ingentes sumas de dinero con la investigación en la energía de fusión nuclear, de dudoso resultado, amén de sumamente peligroso, podríamos disfrutar en poco tiempo de fuentes de energía seguras, limpias, y no tan centralizadas, además de razonablemente rentables. El recientemente fallecido presidente de Eurosolar y exparlamentario alemán, Hermann Scheer, expuso múltiples estrategias en su muy recomendable libro  Economía Solar Global.

Podríamos hablar largo y tendido sobre tecnologías que aprovechan mucho mejor la energía fósil, nuevas y readaptadas tecnologías de aprovechamiento de las energías renovables, y sobre todo de estrategias políticas para implementarlas, pero no creo que eso sirviera para convencer a los del núcleo duro pronuclear.

A quienes nos venden esta tecnología les da igual que nos sobre energía, ellos nos quieren vender su sucia y peligrosísima energía aunque sea para despilfarrarla inútilmente. Y no parecen demasiado preocupados por lo que pase dentro de 200 años, cuando aún queden toneladas de combustible gastado emitiendo radiación, posiblemente acumulados en condiciones de inestabilidad y riesgo para la población. Ni los cientos de miles de casos de cáncer que las altas tasas de radioactividad acumulada puedan llegar a producir entre una población muy probablemente desprotegida y desinformada acerca de los lugares de alto riesgo nuclear.

Tampoco encuentran demasiado problema en el sacrificio humano que supone la normal explotación de este tipo de centrales. Incluso en las recargas se requiere de mano de obra “kamikaze” para cambiar el combustible: son la subcontrata eventual para las recargas que se saturan de “chilindrines” (dosis radioactivas), muy por encima de los niveles tolerables por la población civil según las normativas oficiales. Ni que nos expongan a niveles de riesgo creciente al sobreexplotar los ya viejos reactores con más potencia y prórrogas de su “vida útil”. Lo que no se hace con las térmicas se hace con las peligrosas nucleares.

Mejor entrar al meollo de la cuestión: ¿Podemos fiarnos de la industria nuclear? Cuestión más sencilla de responder de lo que muchos supondrán; pues no podemos pretender fiarnos de un sistema controlado por organismos e instituciones que se benefician directamente del rendimiento económico de sus centrales eléctricas, aunque de cara a la galería su función sea velar por la seguridad.

La relación que guarda la seguridad de los diseños de los reactores nucleares y los procedimientos y planes de seguridad con el rendimiento económico de esta industria es una relación de proporcionalidad inversa: cuanto más seguras las centrales, menos rentable; cuanto más rentable es la inversión, más inseguros los diseños. No es posible de otro modo; piénsenlo un poco. Ahora se ha revelado por parte de expertos nucleares americanos que el diseño del reactor de la central de Fukushima era defectuoso; sin embargo la industria lo toleró porque si en su día se hubiera denunciado tal “anomalía” ello hubiera podido suponer el fin anticipado de la industria nuclear. Pero es fácil denunciar una irregularidad cuando ésta ya se ha hecho patente. La cuestión es que muy probablemente se den otras anomalías de diseño en el resto de reactores que continuarán poniendo en peligro a millones de personas en todo el mundo, anomalías que se silencian o minimizan en beneficio exclusivo de la industria nuclear y argumentando para sí, como es habitual, la alta improbabilidad de que ocurrra un grave accidente. (sin embargo el amargado de Murphy se empeña en recordarnos que si algo puede salir mal, tarde o temprano saldrá mal. Y lo que es más angustioso, que si algo va mal, aún puede ir peor, mucho peor). Pero ya hemos constatado repetidamente que las leyes de Murphy, aunque suenen graciosas, no son para tomarlas a broma.

Claro que los peores presagios del Sr. Murphy tienen más probabilidades de suceder en unos países que en otros. Y aunque en España no sea tan probable un terremoto ni un tsunami

como los sucedidos en Japón, lo que aquí sería ciertamente más probable que allí es un fallo humano o un atentado terrorista. Y si aquí se produce un Blackout (extremadamente improbable según la industria nuclear hasta que se produjo el de Fukushima I) no iba a ser nada fácil encontrar liquidadores para refrigerar el nucleo, entregando su vida en ello, ni siquiera entre los jubilados voluntarios como en Japón, aquí más inclinados a disfrutar de lo que les quede de vida que en sacrificarla de un modo tan horrible por el honor o el bien de sus conciudadanos (lo cual me parece absolutamente normal).

De todas maneras, los problemas con mayúsculas no sueles ser previstos ni por los pesimistas más recalcitrantes. Es lo que nos recuerda Nassim Taleb, que en su divulgadísima obra El Cisne negro, nos expone algo más extensamente la idea básica del apesadumbrado Murphy: el gran e inesperado impacto de lo altamente improbable, que también se da en los acontecimientos positivos, nos deja con cara de tontos cuando sucede lo que “es prácticamente imposible”… y el caos se impone a lo racional.

Los ingenieros que llegan a puestos de gran responsabilidad se comportan como si tuvieran muy poca capacidad para imaginar los “cisnes negros”, pero existir, existen, (los cisnes negros) y cuando aparecen ante nosotros nos dejan perplejos. Bueno, no a todos, las verdad; porque algunos pesimistas aunque utópicos como yo lo veamos venir.

Sí, soy pesimista porque de no cambiar las cosas (y despertar las conciencias) nos vemos abocados al desastre más absoluto. Sin embargo soy al mismo tiempo utópico porque aún confío en que podemos cambiar y corregir nuestro rumbo a tiempo.

Cerrar las nucleares ( ¡YA! ) sólo es una parte (imprescindible) del plan.

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¿Seguiremos tolerando?

Por Alberto Montiel

Antes de la catástrofe nuclear de Japón ya teníamos sobradas razones para ver que producir electricidad mediante fisión atómica es en extremo caro, sucio, peligroso, socialmente injusto y un disparate estratégico. (ver anteriores entradas). Ahora cabe preguntarse como nadie puede aún justificar la existencia de centrales nucleares, máxime cuando no es ni la única ni la mejor opción energética. De hecho es la peor opción económicamente hablando, quizá también técnicamente, y por supuesto ecológicamente.

No logro identificar ni un solo argumento de valor en las palabras de los defensores de esta increíblemente absurda forma de producir electricidad. Y por supuesto, no concibo que un puñado de grandes empresas traten de someter a los poderes políticos y la voluntad popular para que se considere su apuesta nuclear en perjuicio de una abrumadora mayoría de la población.

La energía nuclear no es en absoluto imprescindible y no creo necesario ni razonarlo de tan evidente que es, y por muchas veces que los medios repitan lo contrario no ganan ni un ápice de credibilidad para quien sabe pensar por sí mismo. Tenemos múltiples opciones a un coste social y económico mucho más ventajoso. Opciones técnicas como el desarrollo de tecnologías de aprovechamiento de las renovables y la eficiencia energética, pero también estratégicas y políticas.

Un Estado que verdaderamente velara por el bien de sus ciudadanos no tendría dificultad alguna en identificar y aplicar medidas en este sentido, aún imponiéndose a las presiones del lobby nuclear y de la gran industria que reclama una energía barata. Pero evidentemente no es el caso, al menos en España, donde democracia no es más que una palabra vacía.

Desgraciadamente nos recogen en el redil para que balemos suavemente y les dejemos hacer. Periódicamente nos esquilan y diariamente nos ordeñan, pues esa es nuestra finalidad social… o eso creen.

Peligro quizá no tan inminente.

La ubicación del futuro cementerio de residuos nucleares de alta actividad va a suponer una prueba más de que la democracia que tenemos es sencillamente penosa y lamentable. Los ayuntamientos que están presentando su candidatura a la selección de tan polémica instalación podrán determinar, con el voto de 4 gatos (un puñado de concejales), la ubicación de unas instalaciones que afectarán en gran medida las posibilidades de desarrollo económico, la seguridad, la calidad de vida y -muy probablemente- la salud, de decenas de miles de personas, aparte de las generaciones futuras que habiten -o no- en las inmediaciones. Personas cuya opinión se está ignorando, y que no podrán hacer otra cosa que quejarse amargamente si finalmente sus representantes políticos les traicionan, como es de esperar siempre que hay tanto dinero en juego, o cuando el juego político no permite opciones.

Podría parecer una queja de ecologistas caprichosos del tipo NIMBY (Not in my Back Yard), de los que no quieren renunciar a la electricidad barata pero tampoco quieren centrales térmicas o incineradoras cerca de sus casas, entre otras cosas. Pero es mucho más que eso. Y una vez más los medios de desinformación tratan de tapar la verdadera dimensión del asunto, que no es otra que el planteamiento de que la energía nuclear presenta demasiados riesgos e inconvenientes como para que su supuesta rentabilidad o su muy discutible ausencia de emisiones de CO2, puedan inducirnos a creer que es la solución a algo, sino más bien una fuente inagotable de quebraderos de cabeza.

Y el de los residuos es un gran inconveniente; quizá el mayor, pues supone que las personas que ahora son niños y no pueden opinar siquiera, incluso los aún no nacidos, sufrirán la mayor parte de los inconvenientes, asumirán los mayores riesgos, y pagarán las deudas, sin disfrutar ni una sóla de las supuestas ventajas que -justa o injustamente- representa la energía nuclear.

La energía nuclear es lo que tiene: es “barata” porque no atiende a ninguna clase de justicia social o económica, y porque se socializan los costes incluso intergeneracionalmente.

Un accidene técnico en una central nuclear puede convertirse en catástrofe medioambiental y humana que afecte a un amplio área de muchos kilómetros a la redonda, y no sólo en el municipio o comarca donde se ubica la central (y que se beneficia casi en exclusiva del aluvión de ingresos).

Allí donde se coloque el engendro (perdón, el ATC o almacenamiento temporal centralizado), éste supone un incremento notabilísimo del riesgo al que se somete la población, al concentrarse el almacenamiento de los desechos nucleares de todos los reactores del país en un sólo punto, originado además un importante tráfico de contenedores de basura atómica.

Otra cuestión sobre la que no se oye ni una palabra: ¿por qué no se realizó antes? ¿por qué esperaron a tener la capacidad de las piscinas de las centrales al límite? Pues porque en esto de la energía nuclear (como en tantos otros asuntos) siempre se ha confiado ciegamente en la tecnología y en las fantásticas soluciones que ésta depararía en el futuro; y desde luego también en la suerte.

El “problema” de los residuos se pensaba resolver sobre la marcha. Mientras los reactores ya estuvieran activos, mientras ya iba funcionando el negocio.

Empezaron lanzando bidones al mar. Luego se echaron atrás; no por conciencia, no; sino por las presiones de ecologistas y otros grupos que se opusieron, a menudo arriesgando en ello sus vidas.

Se especuló con estupideces varias, como la de enviar los residuos nucleares al espacio, enterrarlos a gran profundidad (AGP, o almacenamiento geológico profundo), etc. Soluciones que se han mostrado muy poco viables. Y de momento, como a  corto plazo no hay solución, se aplaza una vez más la solución con la chapuza-solución del ATC, que además casi nadie quiere, salvo cuatro pobres desgraciados y ciertos concejales y alcaldes de algunos pocos (poquísimos, afortunadamente) de los municipios más necesitados de “ayuda económica al precio que sea”. Desde luego la crisis facilitará las cosas. Pero aún con todo, es muy significativo que tan pocos municipios se presten a ello.

Para resumir, recordaría unos cuantos puntos, muy brevemente:

  • El ATC es una chapuza (perdón, solución) provisional.
  • Los puestos de trabajo que se destruirán en los alrededores de la instalación serán muy cuantiosos y seguramente superiores a los que generará la instalación.
  • La posibilidad de sufrir un terremoto de alta intensidad -no descartable-.
  • El riesgo de atentados o accidentes en las operaciones de transporte o de manipulación en la descarga de los contenedores
  • La basura nuclear permanecerá peligrosamente activa durante cientos de años.
  • Y claro: “dentro de cien años todos calvos”; pero ahora los bolsillos de algunos a rebosar.
  • Algunos, dentro de cien años (o 500), se cagarán en nosotros y en las madres que nos parieron.

Estupidez nuclear

Si fuéramos listos deberíamos temer la energía nuclear y valorar el riesgo que supone muy por encima de sus supuestos beneficios económico-sociales (de ser ciertos)… y mediambientales (esto sí es de risa)…si fuéramos listos y no corrieramos riesgos elevadísimos en relación al pobre beneficio que nos aporta. El problema es que aunque individualmente somos capaces de demostrar cierta inteligencia -a veces- , colectivamente nos comportamos como si nuestro nivel de raciocinio fuera muy inferior.

Al asunto. La energía nuclear de fisión es una forma extremadamente peligrosa de producir energía térmica (calor). Con ésta energía calentamos agua para producir vapor y finalmente aprovechamos una fracción de la energía producida en forma de energía eléctrica, que luego se ha de transformar de tensión, transportar a largas distancias, volver a transformar y usar finalmente en ineficientes e innecesarios (muy a menudo) aparatos eléctricos de toda índole, o bien en eficientes fábricas que producen todo tipo de cosas y, como no, mucha cacharrería superflua, (como automóviles 4×4  de 200 CV para llevar a los niños al colegio). El calor se obtiene provocando una fisión atómica de materiales radioactivos, fisión que produce, además de calor, unos residuos y también potencialmente una contaminación radioactiva. Y a menudo se constata y denuncia que ésta logra en mayor o menor medida traspasar los confines de las centrales de energía, ya sea por ineficacia de las medidas de seguridad, ya sea a través de los circuitos de refrigeración que necesariamente han de estar en contacto con el exterior.

Especialmente importante y preocupante es la producción de los residuos radioactivos de larga duración; un rompecabezas irresoluble porque nadie (ni políticos ni científicos) sabe qué hacer con ellos (ese es un problema más que endosamos a las generaciones futuras, igual que el coste de desmantelamiento de los reactores y el propio coste de control de los residuos, durante siglos).

Las centrales nucleares también son útiles para producir bombas atómicas, a partir del combustible usado, por lo que nos pone tan tensos que países “enemigos” dispongan de centrales nucleares para producir su própia energía eléctrica “barata”.

La energía nuclear es mucho más que todo esto, desde luego, pero para algunos ilustrados personajes del mundo de la economía y la política sólo es una forma barata de producir energía eléctrica, o una forma de obtener independencia energética (me parto de risa cuando lo oigo, de veras). También dicen creer que es una forma de luchar contra el cambio climático porque no producen apenas CO2 (esta sí que es buena, ya no logro contener la carcajada, porque se lo creen de verdad). Otra cosa es que lo del calentamiento global debido al CO2 termine reconociéndose que fué un  “timo” como las armas de destrucción masiva que supuestamente escondía Iraq, o el sorprendente atentado del 11-S a manos de unos terroristas armados con navajitas cortauñas.

Volviendo al tema, pueden rebatirse cada uno de los argumentos pronucleares sin recurrir a argumentaciones tan artificiosas como las que son necesarias para defenderla. Pero ahora quiero sólo centrarme en lo peligrosas que son. Y no voy a citar argumetos de grupos ecologistas o fanáticos antitecnólogos, sino simplemente advertencias de la propia administración que la defiende por motivos económico-políticos pero que no logra ocultar del todo que nos impone un riesgo terrible a cambio de casi nada.

En una central nuclear, se pueden producir accidentes como inserciones no controladas de reactividad, pérdida de caudal de refrigeración del núcleo, pérdida de refrigerante primario o secundario, pérdidas o aumentos excesivos de presión, etc… En general, son situaciones en las que no se puede mantener el adecuado nivel de refrigeración del núcleo del reactor y ese sobrecalentamiento daña la varillas del combustible, perdiéndose la estanqueidad de las mismas y liberando una parte del material radiactivo, al circuito primario, y, desde él, a la contención, y, en último caso, al exterior.
En algunas situaciones, aunque extremamente improbables se podría producir una concatenación de fallos o errores humanos significativos y podría llegarse a daños importantes, con fusión del núcleo del reactor.

(extraido del Texto del Plan de Emergencia Nuclear de Protección Civil del gobierno de España) Nota: estas situaciones tan “extremadamente improbables” han ocurrido en el mundo real que los políticos tan poco aprecian.

A los mas soberbios, a los interesados que prefiren el dinero y el poder a la salud y la própia vida de sus semejantes; pero sobre todo a los pobres estúpidos que aún se fian de los científicos de la corriente dominante y de los políticos de los grandes partidos; a todos ellos les diría (si alguna vez escucharan a alguien) que no olviden que ya ocurrió una vez. Fué con mucho la mayor catástrofe mediambioambiental y la mas terrible tragedia humana debida a un accidente técnico (al menos del que tengamos constancia, porque nunca se sabe), y no debería olvidarse. Aún así, me preocupo porque el ser humano es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra (y tres, y cuatro).

Luego no digan que era imposible haberlo sabido.

http://mediastorm.org/0007.htm

El espejismo nuclear.

El malentendido nuclear

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Los pronucleares intentan aprovechar el pánico del calentamiento global para que dejemos de pensar en el pánico nuclear y valoremos las supuestas ventajas de la energía nuclear.
Cuentan además con el apoyo de antiguos pesos pesados del “movimiento” ecologista, como son James Lovelock – padre de la hipótesis GAIA- y de Patrick Moore, fundador de Greenpeace. Debe ser cosa de la edad, o quizá están tan amargados que se han vuelto insensibles con las personas y sólo valoran la supervivencia de los ecosistemas. En cualquier caso la validez de las ideas es, o debería ser, independiente de la fama de las personas que las postulan.
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