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Sobre el Principio de la Población – Thomas Robert Malthus La famosa obra del economista y demógrafo T. R. Malthus, en la segunda versión, de 1846. Al principio y final del libro se han añadido algunos artículos y enlaces relacionados … Sigue leyendo

Perdidos entre cuestiones

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La cuestión no es si la tecnología puede salvarnos, a estas alturas del desastre, sino qué clase de tecnología necesitamos. La cuestión no es si el desarrollo tecnológico produce beneficios sociales, sino cómo se reparten, o si se reparten, incluso. La cuestión también es sopesar sus beneficios y efectos negativos (como en el caso de la energía nuclear, cuyos beneficios son casi ridículos en comparación del altísimo riesgo y daño producido). La cuestión no es que se tomen o no las medidas adecuadas, sino que se tomen en conjunto medidas tecnológicas, sociales y políticas.

La tecnología por sí sola no logrará ningún cambio positivo (salvo a muy corto plazo para los pocos propietarios de las sociedades que administran las patentes). Tratar de avanzar a toda velocidad solo beneficia a unas pocas megacorporaciones al adelantarse a cualquier competencia y al conocimiento y control de las repercusiones negativas de los avances. Tendríamos que tomarnos en serio el principio de precaución (y por ejemplo, no producir industrialmente compuestos químicos nuevos a mayor velocidad de la que se pueden estudiar sus efectos negativos).

Igual que la mejora de la eficiencia (como medida aislada) produce aún mayor consumo de materias y energía, “fenómeno” que explica la llamada paradoja de Jevons, la mejora de la esperanza de vida también producirá un gravísimo rebote de mortandad si no se toman medidas para controlar el crecimiento demográfico. El crecimiento de la población sí es un problema, y aunque sí fuera aún posible mantener adecuadamente a toda la población, no contener el crecimiento demográfico solo retrasa y agrava el problema. Debería dejar de ser un tabú del que nadie quiere hablar, que provoca reacciones airadas y poco meditadas.

Y aquí llegamos a la gran cuestión: deberíamos ser capaces de escucharnos unos a otros (incluso empatizar), convencer con razonamientos (y no con la fuerza o la amenaza); construir un verdadero sistema social democrático, integrador, justo e inteligente.

Si creemos que no puede ser así, entonces sí estamos perdidos.