Mundialmente soporífero

 

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Cada vez entiendo menos la pasión que desatan los partidos de ese juego del balonpié, porque lo que es el espectáculo me resulta mas bien aburrido. Además de poco emocionante, parecería que tienen la misma probabilidad de ganar cualquiera de los dos equipos, con independencia de su destreza en el juego. Por si fuera poco, si al final de 90 minutos más un tiempo de prórroga de juego uno de los equipos ha jugado claramente mejor pero no ha conseguido meter un solo gol, todo se decide a unos tiros de penalties. Con lo cual casi toda la responsabilidad recae en el portero y quizá en menor medida en el tirador. Está claro que es para que el público (incluido el que está en casa viendolo por tv) no muera de inanición esperando un desenlace prórroga tras prórroga.

Lo mejor del tema es que no soy yo solo, muchos a mi alrededor constatan que cada vez les resulta menos emocionante. La humanidad podría por fin estar evolucionando a un nivel de conciencia superior, dado que el fútbol empieza a aburrirnos, que es lo lógico. Aunque también podría ser que la publicidad “La FIFA contra el amaño de partidos” podría resultar más necesaria que nunca y los partidos estén en buena medida influenciados por un arbitraje no del todo imparcial.

Algún día, con algo de suerte, y si el balonpié sigue evolucionando hacia el aburrimiento absoluto, la gente volverá a jugar a la pelota -o a cualquier otro juego- con la misma pasión con que hasta ahora se ponen del lado de “sus” equipos, naciones, colores y banderas. Que conste que he dicho jugar, no mirar.

 

Cuestión de pelotas

 

Jugadoras de futbol

La afición a pasarse la pelota unos a otros para tratar de meter goles es la mejor metáfora de nuestra sociedad tecno-capitalista: Los problemas se mantienen en movimiento y se tratan de llevar al campo contrario a toda costa. Todo esa fricción esférica y choque de cuerpos está regulada y rigurosamente controlada por unos árbitros debidamente “homologados” así como por una comisión y varios organismos internacionales. Pero la seriedad con que nos tomamos el asunto nos hace olvidar que no es más que un juego arbitrariamente diseñado, en el que el fin verdadero de tanto movimiento y peloteo no es que uno de los equipos gane, sino que el público quede fascinado por el juego, pague su entrada y se mantenga fiel como aficionado o socio. Al final del juego, en el fútbol, los jugadores ganadores suelen abrazarse y saltar de alegría, y el público, por motivos más sentimentales que prácticos, se alegra casi en la misma medida. Los perdedores se darán una ducha y se irán a buscar a sus novias para dejarse consolar.

En la vida real el final del juego puede ser mucho más siniestro: no habrá ya ganadores, todos pierden, pese a las apariencias, los trofeos y los honores. También los “amos” de lo que quede tendrán que vivir en una deteriorada propiedad, codo con codo con sus enemigos, con la despensa peligrosamente desabastecida y el termostato descontrolado.

En el final del juego de la carrera de ratas tecno-capitalista no habrá ganador alguno. Y tampoco habrá novias ni duchas.

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