La importancia de Quién lo dijo.

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El reciente fallecimiento de un familiar cercano, que fue monja durante buena parte de su vida, me ha traído ciertos recuerdos. Además de recordar las visitas a los conventos en los que mi tía era Madre superiora, a veces antiguos colegios que en verano eran para mi imaginación un castillo deshabitado, otras veces eran -realmente- un viejo palacete en el casco antiguo de un pueblo histórico, recuerdo especialmente sus comentarios en tono de humor fino y su uso constante de viejos dichos castellanos, ya casi en desuso por entonces.

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“Decidí salir del armario”

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Ésta es una expresión que normalmente se aplica para describir la decisión de mostrar públicamente una homosexualidad que hasta entonces se ha mantenido oculta. Los motivos para ocultar la homosexualidad, que ahora empieza a percibirse en muchas sociedades como normal, podían ser varios: miedo a una opinión fuertemente contraria, rechazo social, rechazo incluso de padres y hermanos.

Si lo analizamos, el hecho de que los homosexuales se ocultaran (y muchos aún se oculten) es un síntoma de una sociedad enfermiza. Pero lo rechazable no es la tendencia gay (of course), sino la hipocresía social debida a algunos individuos marcadamente intolerantes que provocan ese miedo en algunas minorías.

Y el caso de la intolerancia hacia diferentes tendencias sexuales es más o menos evidente, pero hay otras intolerancias que no son tan fácilmente reconocibles. Cualquiera que decida vivir de una forma diferente, o no se amolde a los patrones marcados entre los estrechos límites impuestos por lo “normal” y lo “decente” corre el peligro de ser estigmatizado del mismo modo que un gay lo era (o es) cuando decide vivir con alguien del mismo sexo. Es el caso del que abandona un empleo fijo y bien pagado para irse a vivir a una comuna, o la chica (o el chico) de buena familia que no se quiere casar, o el que abandona la carrera de abogado (o ingeniero, o médico, o lo que sea) porque cree que esa vida no es para él. Yendo un poco más lejos, también es mal visto o es sospechosamente peligroso el que no cree en la democracia y no vota nunca, el que no cree en Dios (o en algo alternativo) el que lleva el pelo demasiado largo, o demasiado corto, o demasiado colorido, el que rechaza la autoridad competente (por incompetente), el que voluntariamente no ahorra y se conforma con poco, y el que no tiene coche porque no le apetece, o vive como un monje teniendo dinero para vivir “bien”, o el que no es hincha de ningún equipo de fútbol o el que no se emociona con ningún himno ni bandera, etc, etc. Parece ser que si uno no es como el personaje standard, tan bien definido por la publicidad (caprichoso de todo lo que se vende, consumista, aburrido, idiotizado, manipulable, decente, guapo, corriente…) es uno sospechoso de rebeldía antisistema.

Pero quien más quien menos se deja llevar por ese miedo y practica esa hipocresía light de amoldarse a las masas tratando de no llamar la atención.

Todos somos algo cobardes (unos mucho más que otros) y practicamos el engaño y el camuflaje. Pero algunos, especialmente cobardes e hipócritas, no se conforman con pasar desapercibidos; estos tratan de mostrar su normalidad poniendo a raya a los que se salen de la vereda. Estos ya tienen la piedra en la mano y están dispuestos a lanzarla a la primera oportunidad. Más nos vale no estar en su punto de mira.