Ahorro energético particular

Saramago y el optimismo

Saramago y el optimismo

Se ha de reconocer el talento  de los organizadores de La hora del planeta, campaña de WWF diseñada, supuestamente, para sensibilizarnos ante la necesidad de ahorrar energía (como si hiciera falta más motivación que pasar apuros para pagar las factura de luz y gas), pero que en cualquier caso es un relativo éxito para atraer la atención sobre la propia organización y sobre la salvadora tecnología… que nos salvará de la propia tecnología.

Lo más sorprendente para algunos (entre los que me incluyo) es ya la vinculación del derroche energético de los particulares con el cambio climático, cuando cada vez el rango de acción del ciudadano de a pie es más estrecho.

Lo explico. Para empezar por algo muy común y rutinario: en los supermercados (también en los productos eco) los envases de plástico y bandejitas de poliestireno son la norma, el agua embotellada en polietileno; el reciclaje es una necesidad más que una solución, porque se producen ingentes cantidades de desechos en envoltorios de todo tipo (botellas no retornables, tetrabriks, plásticos, cartones, latas de aluminio y acero,  etc.), además de que abundan los productos cargados de conservantes,  potenciadores del sabor y azúcar refinado; todo lo cual podría evitarse en buena medida con unas normas menos permisivas con la industria que redundarían en beneficio de casi todos.

En cuanto al tema de las bombillas “eficientes”, que no lo son tanto si se analiza con cierto rigor, además de la necesidad de un reciclaje especial por la manipulación del mercurio que contienen;  en realidad el meollo del asunto es otro: que los lugares de trabajo y viendas no aprovechan apenas la luz natural, porque ahorrar no mola.  Como tampoco se aprovecha el sol para calentar el interior de las viviendas, porque se diseñan de espaldas a cualquier consideración bioclimática (es más negocio proponer una calefacción eficiente de gas “natural”, a unos “espartanos” 21ºC, para poder ir casi en manga corta en Enero, cuando nieva en la calle).

Otro tema igual de contradictorio es que se considere aumentar la velocidad máxima en autopistas, dado que la resistencia aerodinámica aumenta con el cuadrado de la velocidad, y a partir de cierta velocidad es responsable de la mayor parte del consumo de energía. Está claro que se trata de complacer a los fabricantes de automóciles, a los que sale más rentable vender coches grandes y potentes que utilitarios económicos.

Tan contradictorio como que dejen de invertir en trenes regionales y cercanías y se “invierta” en un tren de alta velocidad que es un lujo casi tan innecesario como algunos aeropuertos de ciudades pequeñas. O que los edificios “modernos” se tengan que mantener climatizados casi todo el año, o que se subvencionen neveras combi enormes porque son clase A, cuando un pequeño y sencillo refrigerador clase B gasta aún menos, etc, etc.

Mundo pésimo

Algunos de estos ecologistas de postín que nos reprochan nuestro despilfarro (y que arreglan su conciencia iluminando sus mansiones de 500 metros cuadrados con bombillas de bajo consumo, montando colectores solares para climatizar la piscina con jacuzzi, conduciendo un Lexus híbrido y acumulando alimentos eco-pijos en una nevera gigante clase A+++, entre otras inteligentes y prudentes medidas de austeridad energética), nos quieren convencer de que derrochamos energía en nuestros pisitos con 4 bombillas y  que tenemos que cambiar el derrochador utilitario de 12 años de antigüedad por un eficiente coche Clase A.

El mensaje (bastante hueco, por cierto) es criticable se mire por donde se mire.  Y es demasiado simplista y nos toma a todos por gilipollas (estúpidos, necios, cortos de entendederas). Aunque algo de razón tienen.

Vídeo

WWF: ¿F de fundación o de fraude?

Un video muy bonito y emotivo, pero no te fies demasiado de los genios del marketing y de una campaña con dinero abundante, pues WWF mueve mucho dinero.

No olvidemos que esta organización tenía como presidente de honor en España a Don Juan Carlos de Borbón, hasta que se descubrió su afición a cazar elefantes, y que fue creada por otros “nobles” aficionados a cazar tigres de bengala en la India y otras cosas igual de naturales. Como siempre, apoyando ciegamente estas campañas cedes tu poder a un grupo que tiene intereses muy concretos y sabe mejor que tú por qué hace lo que hace.  En esta ocasión, también es mejor pensar globalmente pero actuar localmente.

La hora del planeta pretende convencer a la población de la necesidad de ahorrar energía mediante un “apagón” simbólico. Es estupendo eso de ahorrar energía, pero realmente no es necesario que se gasten dinero en campañas, pues como somos cada día más pobres y la enegría es más cara ya nos acordamos cada día del año de no dejar luces encendidas y de no coger el coche si no es muy necesario. Sin embargo poco podemos hacer frente a las decisiones políticas de mayor calado, como la de mantener centrales nucleares que se pagarán durante las siguientes generaciones (si no ocurren más accidentes), o de que se empeñen en sustituir los trenes regionales por AVEs de gran potencia, o de que nos organicen urbanisticamente para vivir y trabajar en ciudades y polígonos industriales, gasten una buena parte de los impuestos en asfalto y dejen de lado los trenes de cercanías, para que sea mucho más atractivo -y necesario- comprarte un coche (eficiente, eso sí). Tampoco se dice ni una palabra de la obsolescencia programada o de la obsolescencia percibida que nos aplican los grandes fabricantes, o de los viajes en avión cuyo queroseno se subvenciona, o de tantas otras cosas que sí supondrían una diferencia significativa (la lista podría ser muy larga).

Pero en fín, si acabamos perdiendo nuestra capacidad de pensar, aunque sea un poco críticamente, quizá sí seamos más felices bailando al ritmo de estas organizaciones tan molonas y guais