Venezuela, Catalunya & Co.

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Desde que empecé a escribir este blog, hace ya algunos años, he ido observando como la situación social en el mundo se ha ido degradando más y más, al contrario de lo que algunos pocos medios, futurólogos y prospectivistas explican. Hasta hace poco aún veía esperanza y posibilidades de ver como se arreglarían algunos de los principales problemas globales, pero empiezo a sospechar que también me equivoqué en eso. Ya no estoy seguro de que la humanidad tenga arreglo, y, por otra parte,  tampoco estoy del todo seguro de si vale tanto la pena el esfuerzo por salvar eso que llamamos civilización.

Si uno analiza la realidad con cierto espíritu crítico, es inevitable ver que nos rodea la mentira por todas partes, y no sólo en la propaganda, la política y los negocios, ámbitos en los que la mentira podría considerarse intrínseca, sino también en la cultura, pues la historia, sin ir más lejos, es una gran estafa, y la ciencia parece, más que otra cosa, una cuestión de consenso, aunque no se admita que es así; también en los deportes de competición, en los cuales las trampas y dopajes son la norma, no la excepción, e incluso en la Justicia, que ni es neutral ni “hace justicia” al nombre.

Como buenos primates que somos, hemos llevado lejos el arte de la mentira, que es una estrategia para conseguir objetivos mediante el engaño en sus variadas formas: la democracia está basada en grandes mentiras, la declaración universal de los derechos humanos se ignora contínuamente, y todas las religiones, salvo quizá una, están inevitablemente basadas en tradiciones en parte heredadas y en parte “inventadas” (solo una podría, si acaso, tener la verdad de su lado, pero no podemos saber cual).

Entre estas mentiras, algunas son más elaboradas y creíbles, y otras son mentiras que precisan de un alto grado de necedad para ser creídas por los crédulos. Sin embargo, curiosamente, estas últimas, cuando son asimiladas por las masas, son como una enfermedad incurable (a veces se les llama prejuicios, otras tradiciones), que permanece durante generaciones.

No es que todo esto se me haya ocurrido ahora, pero ahora he constatado que los desastres de tipo social no son algo que solo ocurra en paises lejanos y desconocidos, o hayan ocurrido hace dos o tres generaciones (que tampoco es distancia suficiente para estar tan confiados). He seguido de cerca la evolución de Venezuela de los últimos tres años, pues mi compañera sentimental es venezolana de nacimiento y tiene aún amigos y familia allí, con los que está en contacto. Más de cerca aún he seguido lo ocurrido en Catalunya en las últimas semanas, pues he vivido allí unos 45 años, aunque por mis especiales circunstancias familiares y geográficas, además de mi espíritu “independiente”, me he librado de sentirme abducido por ningún sentimiento patriótico. Sin embargo, ya vivía allí cuando el dictador Franco murió, por lo que fuí testigo de los cambios que se produjeron con los años, hasta llegar a la situación actual. Pero no voy a escribir de ese transtorno psicológico que son los nacionalismos, sino de algo un poco más facil de enteneder.

Es muy simple: el problema se origina en las personas. No es -aún- la falta de espacio o de recursos, ni de escasez de ningún tipo, ni de tecnología insuficiente, ni siquiera la explosiva naturaleza del dinero, ni la degeneración y corrupción política. El gran problema, creo que el mayor de todos, es cómo se comporta la gente, o más concretamente, nuestra incapacidad de entendernos, nuestro egoísmo y nuestra afición por echarlo todo a perder. Por mucho tiempo le atribuí la culpa a la estupidez (escasez de inteligencia), pero he observado que hay personas admirables que con una inteligencia muy normalita se comportan muy sabia y honorablemente, sin herir ni estafar a nadie, y en cambio, gente inteligente y preparadísima, con extraordinarias competencias, puede resultar necia y dañina más allá de lo imaginable. Sin embargo, seguimos creyendo que con mayor formación (que no sé por qué lo llaman educación) y mayor conocimiento científico, vamos a arreglar el mundo. O que sabiendo más lenguas nos podremos entender mejor, cuando el problema no son tanto las lenguas, sino las pocas ganas de tratar de entender a los otros. Por cierto, creo que una sociedad más justa tampoco precisa de más leyes, ni de coacciones para hacerlas cumplir con más rigor.

Tenemos grandes desafíos por delante, pero la mayoría de ellos se descomponen en problemas más pequeños, que sí podríamos enfrentar, pues no es tanto una cuestión de dificultad como de voluntad. No hay ganas de acabar con la pobreza, ni con el hambre, ni con las guerras, ni la injusticia, ni la corrupción, ni la ignorancia. Todo eso parece que es perfectamente asumible para algunos, y los demás les damos la razón con nuestra actitud pasiva, no sé si por nuestra poca memoria, falta de interés, estupidez o egoísmo (mientras no nos toque a nosotros…). Así nos va.

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