Rebeldes y comprometidos

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Quizá creas que vestir con mucha personalidad -pasando de las modas-, no votar, o votar a un partido con un programa o candidatos “radicales”, llevar tatuajes o piercings, protestar enérgicamente en Twitter y en foros online (o en el bar de tu barrio), o ir a una manifestación de vez en cuando, son elecciones que definen a un rebelde contemporáneo, un progresista dispuesto a cambiar el mundo. Sin embargo, todo eso no molesta ya a nadie, ni amenaza al orden establecido; es decir, no va a cambiar gran cosa. Pero tú crees que el mundo no va por buen camino o que incluso necesitamos una revolución, ¿Que vas a hacer?: ¿dejar que la frustración te lleve a evasiones como el alcohol o las drogas? ¿unirte a una guerrilla? No parecen ideas sensatas, ni creo que sirvan de mucho. Opino que hay otras cosas más efectivas que podrías hacer, que de verdad pueden ponerlo todo patas arriba, iniciando una transformación social tremendamente poderosa (sobre todo si un número de personas suficiente se apuntara a esta corriente de cambio). Sin embargo, suponen incluso más compromiso que hacerse un tatuaje o afiliarse a un partido político (y el mundo lo agradecerá mucho más).Cada una de estas acciones es efectiva por separado, pero juntas son una verdadera revolución.

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Un presioso capricho

Un presioso capricho

Ya he dicho en más de una ocasión que hoy todo es justificable por el empleo, cuando no por el dinero; acabo de comprobarlo de nuevo. Los noticieros de por aquí “celebran” estos días que cierto fabricante de coches ha decidido fabricar en su planta de Martorell (Catalunya) un nuevo modelo de vehículo que salvaría provisionalmente a sus trabajadores del desempleo, del que parece ser sólo ellos hubieran sido responsables, de no haber aceptado reducir sus pretensiones económicas.

La noticia me haría francamente feliz, si no fuera por mi manía a pensar por mi cuenta y a procurarme retorcidas explicaciones, opuestas a las evidencias que exponen las telecutreces.

Partiendo del hecho incuestionable ( quizá sólo para los políticos ) de que nada sale gratis, puedo imaginar sin demasiada dificultad el coste de venderse a las exigencias de competitividad de las poderosas multinacionales. Una vez más los ciudadanos recibimos pan para hoy a cambio de hambre para mañana, pero nuestros representantes políticos (y también los sindicales) no pueden ni saben hacer otra cosa que vendernos y embaucarnos.

Durante un año o dos, a lo sumo, se fabricará un caprichoso auto de lujo, del tipo machacapeatones altamente contaminante, dirigido a un público selecto, adinerado pero insensible con el medio ambiente. Clientes que necesitan más imperiosamente alimentar su ego, desinflado quizá por el hundimiento de su chollo burbujístico inmobiliario que les enriqueció (a la par que arruinó de por vida a algunos millones de personas). Lo malo es, dado el futuro de los sectores inmobiliario y financiero al que pertenecerá la clientela de este tipo de vehículos-adorno crece-egos, que estos deberán ahorrar en muchas otras cosas para pagar su capricho, con lo cual enviarán al paro a más personas de las que se salvarán en la fábrica de coches.

También me pregunto si las medidas de fomento del transporte sostenible recibirán tanta ayuda como las industrias automovilísticas. ¡Ah! Olvidé por un instante que era por el empleo, no por la industria. Ya puestos, ¿porqué no se invierte más en armamento, que es un sector con buenas perspectivas de desarrollo y con alto valor añadido, generador de empleo estable y cualificado?

La verdad, me hubiera alegrado más que hubieran reconvertido la fábrica de coches en una fábrica de bicicletas. A fin de cuentas, necesitamos trabajar menos, menos cochazos y más transporte público, más bicicletas y espacio para los peatones, más zonas verdes y campo libre de carreteras y asfalto. Todo esto sí es calidad de vida.

También necesitamos menos telediarios y más conversación y lectura (no de diarios). Menos electrodomésticos y más placas solares. Menos medicinas y más alimentos sanos. Menos formación académica y más sentido común. Menos políticos y funcionarios, menos impuestos y menos inversión en grandes infraestructuras. Menos prisas por llegar a ningún sitio y más calma y contemplación de la naturaleza. Menos necesidades y menos créditos. Menos marketing y más trueque. Menos estilo vacío y más contenido útil. Porque, a fin de cuentas, menos es más.

Atrapados en un manicomio

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Inolvidable  “Alguien voló sobre el nido del cuco”.

En vista del éxito, se prepara un segundo plan de rescate financiero. También se preparan paquetes de medidas para proteger la imprescindible industria automovilística, entre ellas facilitar la adquisición a crédito -cómo si no- de automóviles y mejorar las condiciones de los planes de sustitución del los “viejos” autos por otros nuevos. Los principales gobiernos del mundo rico apoyaran a los bancos para que puedan continuar facilitando crédito para ésto y para proseguir con la compra de viviendas caras por parte de sus cada día más pobres y endeudados ciudadanos, y así “salir” de la crisis.

Mi limitado conocimiento de las complejidades de la política y del mundo de las altas finanzas me lleva a extrañarme ante las aparentes contradicciones que supone que para librarnos de una crisis en la que nos hemos visto abocados, parece ser, por la concesión de créditos a tutiplén, no siempre con las garantías debidas, se nos receten precisamente más facilidades para el endeudamiento. Por supuesto que sospecho que tras las parciales y simplificadas explicaciones de la crisis del crédito se oculta una interpretación algo más sustanciosa: el mercado se sustenta en el crecimiento infinito, en la aportación de más y más capital y recursos desde la base de una pirámide que se ensancha, sube y crece continuamente y siempre y cuando se mantengan sus jugadores en el engaño de que también se beneficiarán como el que más si perseveran en el juego. Pero igual que en las estafas piramidales, el crecimiento económico está acotado por un mundo real que es finito, por lo que éste tarde o temprano llega a su fin. Los más optimistas – ¿o los más torpes? – dicen que se trata de ciclos. Desde luego, es posible que este fin de ciclo signifique algo mucho más allá de lo que estos suponen.

Lo de ayudar a la vieja industria del automóvil también me deja un tanto perplejo, dado que suponía que el discurso político de los nuevos tiempos iba de transporte sostenible, eficiencia energética, reducción de la contaminación, ciudades habitables y todo ese bla, bla, bla, que parece haberse esfumado tras el primer tirón de orejas de los verdaderos gestores del mundo. Por lo visto el automóvil es un objeto sagrado, y lo mantendremos a toda costa, aunque las consideraciones a problemas gravísimos como el de la dependencia del petróleo y las guerras que causa su caprichosa distribución geográfica deban aparcarse en el final de la agenda de la historia.

También me choca que resulte más fácil escuchar en la calle palabras con algo de sentido común que en los sesudos debates de los especialistas a sueldo que pueden verse en televisión, o que me parezca mucho más enriquecedor leer los blogs de aficionados que las editoriales de los diarios más prestigiosos. Debe ser que no estoy lo suficientemente loco como para entender todo esto.

Llegó la hora de saldar cuentas

¡Atención! Se acerca el recaudador con las legiones.

Cada año por estas fechas, los contribuyentes que recibimos nuestros únicos ingresos a través de la transparentísima nómina tenemos que presentar la declaración de Hacienda. No entiendo el porqué, ya que saben mejor que nosotros lo que cobramos o dejamos de cobrar. Supongo que para crear la ilusión de una falsa libertad. El caso es que se trata a menudo de un proceso doloroso para el que se ha diseñado una anestesia bastante eficaz: con el fin de que el contribuyente no sienta dolor y trate de revolverse se recurre a una complicación del proceso de cálculo –de otro modo inexplicable- y a una terminología cuya única finalidad parece la confusión que obligan a la mayoría a solicitar los servicios de a un gestor o a pedir el borrador a la delegación de Hacienda. De esta forma el declarante no es del todo consciente del pastón que le soplan, dado que además la mayoría de las veces se ha prorrateado el pago a lo largo del año mediante la indiscutible retención en nómina.
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Sobre bestias y máquinas

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Los carros tirados por bestias hace muchos años que empezaron a ser sustituidos por carros motorizados mediante motores eléctricos o de vapor y finalmente de combustión interna (que funcionaron con etanol antes que con gasolina). Estos, también llamados automóviles, en principio debieran servir para transportar a personas de un lugar a otro, pero lo cierto es que cumplen muchas otras funciones bastante curiosas que luego mencionaré.
De momento me parece más importante indicar que hoy día son cada vez mas los autos que son guiados por bestias más irracionales que las que antaño tiraban de los antiguos carros.

Para muestra un botón.

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El automóvil bajo acusación.

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El coche es un gran invento que nos permite desplazarnos de un lugar a otro de forma mas o menos rápida (excepto en ciudad) , segura (salvo por algunos conductores) y cómoda (si encontramos aparcamiento en el destino). Suele ser agradable de conducir (si evitamos los atascos y el tráfico denso), y nos permite aislarnos del ruido y las inclemencias meteorológicas, escuchar la radio (que nos informa del tráfico y los embotellamientos) o nuestro CD favorito mientras nos deleitamos en la conducción. Pero el coche también Sigue leyendo