De buena educacicón

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Adquirir un nivel “estándar” de conocimientos, habilidades y aptitudes, útiles para el desarrollo de alguna profesión de reconocido prestigio y buenas expectativas económicas, parece ser todo lo que unos padres comprometidos pueden pedir y esperar de sus hijos respecto a su desarrollo intelectual. Para la mayoría parece no haber siquiera distinción entre lo intelectual y la formación académica; ésta acapara todo el interés.
El aprendizaje académico se complementa muchas veces con algún que otro máster, varios idiomas, quizá incluso un doctorado. Todo ello aún parece poco a algún “experto” en empleo que denuncia falta de profesionales cualificados (¿cualificados para qué?).
Son largos años de sacrificio para los alumnos y para las economías de millones de familias de clase trabajadora en beneficio de la machacona competitividad de las empresas y por ende de aquello que llamamos país.
La creciente complejidad de las tecnologías y la organización empresarial y social exigen cada vez más dedicación y energía de una sociedad que a cambio recibirá cada vez menos beneficios de esta inversión. Progresivamente se han dedicado mas esfuerzos a las materias académicas eminentemente “prácticas” (enfocadas al desempeño profesional) a cambio de dejar de lado “anticuadas” asignaturas tipo humanidades, como la filosofía o las ciencias sociales; no sea que perdamos competitividad frente a otros países (cualquiera diría que hablamos de equipos de fútbol).
No quiero repetir aquí argumentos sobre la confusión entre empleo y trabajo.

A lo que sí quiero ir es a que muchos expertos verdaderos en asuntos de educación (pero que no tienen suficiente eco en los medios) están alertando de los errores fundamentales que observan en la educación. Uno de ellos: se presta sólo una atención muy relativa a las etapas tempranas del desarrollo de la psique y la inteligencia social y emocional de los niños. Y es un gran error.
Tampoco digo que se sustituya un catecismo católico por otro de valores “éticos”. No me refiero a eso. Hablo en cambio de una educación en la que los niños exploren y sean ayudados a descubrir a su ritmo, en el que el juego sea importante y no secundario, la imaginación sea respetada, la creatividad el mayor talento reconocido. Una educación en la que los profesores no se sientan tanto como instructores sino mas bien como guías. En la que la formación como personas íntegras finalmente esté muy por delante de la instrucción profesional. (y la universidad hoy, al menos en muchas carreras, no es otra cosa que una formación profesional avanzada).

No podemos tampoco dejar exclusivamente en manos de los profesores y educadores la responsabilidad de la educación de los más jóvenes; los padres deben involucrarse directamente y atender, observar y apoyar las necesidades de sus hijos.

Pero no descubro nada nuevo, seguramente repito ideas que otros muchos ya expusieron. Quizá el más famoso de todos ellos sea Iván Illich, que ya a principios de la década de los 70 sacó a la luz su obra “Un mundo sin escuelas”.

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Iván Illich

Acceder a extractos de su obra Un mundo sin escuelas.

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Un comentario el “De buena educacicón

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